Nobleza obliga

Yo vivo de eso

4min
Nº1986 - al de Septiembre de 2018
por Claudia Amengual

Jaime Clara me refirió una vez esta anécdota. Es verano y se está iniciando en el periodismo. De hecho, se trata de su tercera entrevista y el personaje es nada menos que don Luis Landriscina. La conversación es amable y el entrevistado se muestra bien dispuesto hasta que Jaime tiene una ocurrencia: le pide que cuente un chiste. Entonces, Landriscina se pone serio y le dice: “Mirá, hace cuarenta minutos que estoy contigo, aunque debería estar durmiendo la siesta. Hasta ahí, todo bien. Pero me estás pidiendo que te cuente un chiste. Yo vivo de eso. Yo cobro por eso. Ese es mi sueldo. Te lo voy a contar, pero quiero que lo sepas”.

Es posible que la primera reacción ante tal respuesta sea la de condenar lo que luce como un arrebato de grosería. Dele, don Landriscina, no sea malo, ¿qué le cuesta contar un chistecito? ¿No es lo que hace siempre sin mayor esfuerzo? ¿Cuál es el costo de la materia prima que un chiste conlleva? ¿Acaso fue a la universidad para aprender a contar chistes? ¿Hay algún título que habilite a hacerlo? Y, además, ¿qué importa si el chiste le sale más o menos?

Es fácil imaginar la incomodidad que el novel periodista habrá sentido en su momento, aunque cuando hoy evoca la escena, admite que fue para él una lección que mucho agradece. Puede que Landriscina no haya sido simpático, pero dio a las cosas su justa medida y se colocó en la posición de profesional que, según su autopercepción, merecía. Y lo más importante: hizo que el periodista considerara su trabajo como tal y no como un mero pasatiempo.

Entre otros detalles, un profesional no puede realizar su trabajo más o menos. Tiene que asegurarse de estar preparado y de que el entorno sea el adecuado para evitar inconvenientes técnicos. Cualquier error redundaría en perjuicio de su carrera. Pero, además, haga lo que haga, esa actividad es su trabajo, aunque para algunos no lo parezca. De ese trabajo vive ―o debería― y a él dedica no solo su talento, sino una preparación que incluye el cuidado físico, los traslados, el estudio, el ensayo o el entrenamiento. Si no recibe dinero a cambio, no puede dedicarse con la profesionalidad que la tarea exige. El profesionalismo se impone para que así sea. 

Vale la pena detenerse en la distinción de estos dos conceptos. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la profesionalidad implica ejercer una actividad “con capacidad y aplicación relevantes”. El profesionalismo es el “cultivo o utilización de ciertas disciplinas, artes o deportes, como medio de lucro”. Para que la profesionalidad sea llevada a su estado óptimo se requiere una dedicación acorde. ¿Y cómo se hace eso si uno debe hacer otras mil tareas? El lucro, es decir, la “ganancia o provecho que se saca de algo”, es lo que permite la continuidad del esfuerzo y, si hay buena madera, la excelencia.

El primer mea culpa debe venir de adentro. Los creadores ―y, en general, los productores de cultura― suelen tener una mala relación con el dinero. No porque les desagrade o resulte superfluo, sino porque les cuesta poner precio a lo que hacen. Algunos sienten que cuantificar en una suma un trabajo que es producto de su sensibilidad y su genio, es prostituirse al mercado o a determinados intereses. Arropados por esa malentendida pureza, se muestran tímidos al momento de hacerlo.

Los creadores ―y, en general, los productores de cultura― suelen tener una mala relación con el dinero. No porque les desagrade o resulte superfluo, sino porque les cuesta poner precio a lo que hacen.

Esa actitud ha promovido otra actitud que es su reflejo: quienes requieren de sus servicios dan por descontado que no les cobrarán. Algunas veces ni siquiera hacen el intento de consultar por los honorarios. Otras, consultan, pero se escandalizan cuando se les responde con cifras concretas. La mayoría de las veces declinan el ofrecimiento. Porque en el fondo, aunque aprecien el fruto de la creación, no alcanza para ellos el estatus de trabajo y les resulta menos respetable en términos remuneratorios que lo que hace un abogado, un jugador de fútbol o un carpintero. 

Con frecuencia preguntan a un creador de qué trabaja y no ven el insulto que esconde la pregunta. ¿Cómo de qué? ¡De pintar! ¡De escribir! ¡De actuar¡ ¡De bailar! ¡De comunicar! ¡De hacer música! Y nada sale con naturalidad, aunque a veces parezca que está jugando y que surge sin esfuerzo. Toda actividad de producción cultural, toda creación implica una formación de años, una actualización permanente y un uso del tiempo tan legítimo y noble como el de cualquier otro profesional.

¿Por qué, entonces, cuesta tanto hablar de dinero? ¿Es posible aplicarse a una tarea si uno no tiene sus necesidades básicas cubiertas? ¿Es una frivolidad imperdonable si, además, desea obtener una ganancia tal que le permita darse un gusto extra? ¿Es que solo debe hacer bien su trabajo y no esperar nada a cambio por ello? ¿Es que vive en una nube y no paga cuentas?

Producir cultura es una forma de trabajo. El creador tiene derecho a vivir de él. Tiene derecho, también, a decidir si desea donar sus honorarios a una causa, cobrar en especie o tener una cortesía con un amigo o colega. Pero debe ser una decisión propia y no de quien requiere sus servicios.

Escribo esta columna como si el asunto me fuera ajeno solo por no sonar autorreferencial, pero está claro que me afecta. Y digo esto más por decírmelo que por dar consejos. Cuando a un profesional se le pida que cante en alguna fiesta, haga la conducción de un evento o dé una conferencia no debería ponerse colorado al aclarar con serena convicción: yo vivo de eso. O estará aceptando la triste posición de bufón en un banquete que le será siempre ajeno.

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