Victimismo: miel para el poder

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Nº1986 - al de Septiembre de 2018
por Fernando Santullo

¿Que tienen en común el nacionalismo catalán, Donald Trump y Serena Williams? A simple vista, poco y nada. Pero si uno presta atención al detalle, puede encontrar que coinciden en su especial victimismo. Pero no en cualquier victimismo, sino en uno muy específico que se ejerce desde el poder. Antes que nada, el poder de informar al mundo de su condición de víctima. Y también el poder de instalarse en una posición que aparentemente lo vuelve a uno inmune al error y a la crítica. Vamos ahí.

El nacionalismo catalán, ahora devenido independentismo, se considera víctima de un Estado opresor, heredero del franquismo, que dedica buena parte de sus recursos y energía a saquear una noble región de gente trabajadora. Gente que, en virtud de su historia (lo de la etnia no queda muy bien en Europa desde la guerra de los Balcanes) y sus particularidades culturales, es más trabajadora, más emprendedora. En definitiva, mejor que los vecinos que viven al otro lado del río. En realidad, la idea nacionalista catalana actual debe mucho al romanticismo político del siglo XIX, es decir, antes de que apareciera la coartada de Franco que todo lo explica. Pero a los efectos de esta columna, alcanza con la definición primera: una identidad cultural, un grupo de gentes laboriosas que lucha por sobrevivir y mantener su identidad bajo la férula de un Estado (nunca mencionar la palabra España, eso es importante) compuesto por vagos e incultos que son poca cosa más que emulos de un dictador que murió hace casi medio siglo.

El trumpismo es aún un poco más delirante en su recorte de la realidad: un millonario no muy brillante, mediático y con aires paranoides, que llega a presidente con la promesa de hacer otra vez grande América. Que logra captar el voto de un montón de gente que, mientras duró el capitalismo industrial en EE.UU., vivió con relativa prosperidad y que ahora vaga entre las ruinas de Detroit, la vieja capital mundial del motor. De gente que, desde la vereda progresista, lleva siendo señalada como culpable de todos los males e injusticias que sufre Occidente: “red necks”, blancos ignorantes, machistas, patriarcales, una “canasta llena de deplorables”. Cosas que si se las dicen a Trump, le alegran la tarde (lo ha demostrado un montón de veces), pero que si se las dicen a un obrero en el paro que vive a duras penas en lo que era una zona prospera, seguramente no le caigan del todo bien.

A su manera absurda, más bien inviable y claramente brutal, fue Trump quien les prometió recuperar lo perdido y, sobre todo, el primero que los trató al menos como posibles votantes y no como mero deshecho de la globalización. Es decir, Trump fue el primer candidato en mucho tiempo que los consideró víctimas de un proceso en el cual no tuvieron mucho para decir ni para hacer. Esto no quiere decir que se trate necesariamente de víctimas sino, de los réditos sociales que se pueden obtener al asumir esa posición.

Por su parte, Serena Williams, una de las mejores tenistas de todos los tiempos, es quien se lleva la palma al Victimismo Más Reciente, tras su berrinche en la final de US Open, en donde fue derrotada sin paliativos por Naomi Osaka, 17 años más joven que ella. Tras ser amonestada por el juez de silla por recibir instrucciones de su entrenador (algo que, por ridículo que parezca, está prohibido en el tenis), Williams rompió su raqueta y lo insultó llamándolo ladrón, con lo cual fue sancionada con la pérdida de un game. La tenista exigió al juez que le pidiera disculpas y usó el maravilloso argumento de que ella no miente porque las madres no mienten. Insuperable.

Lo dicho: si tenemos noticia de que estas personas y movimientos se declaran víctimas de algún poder es porque ellos mismos tienen el poder de comunicar su condición. El nacionalismo catalán cuenta con un conglomerado mediático que incluye la televisión pública más vista, media docena de radios públicas y el control ideológico de todo el sistema educativo público (la coartada del uso del catalán fue clave hace décadas para expulsar del sistema educativo a todo aquel que no cumpliera con el nivel lingüístico que se estableció desde la Generalitat). Manejan además un presupuesto de mas de 30.000 millones de euros cada año. No es poca plata para una víctima, ni siquiera para una víctima colectiva.

En el caso de Trump es aún mas evidente: sus votantes pueden considerarse de manera más o menos legítima víctimas de alguna clase de proceso económico y cultural que los fue alejando del lugar de centralidad social que poseían en algún momento previo. Pero es difícil concebirlos como víctimas individuales de ese proceso: con todos sus bemoles y sus injusticias, EE.UU. es un país desarrollado, una potencia mundial, y difícilmente sus ciudadanos califiquen entre los más desprotegidos del orbe.

Y lo de Williams es sencillamente insostenible: no es verdad que el juez haya actuado distinto por tratarse de una mujer, el juez actúa según el reglamento. Y en esa situación, jugando de local con una rival mucho más joven y extranjera, es evidente que Williams era la poderosa y no la víctima. Además, a bote pronto, recuerdo media docena de descalificaciones directas de jugadores hombres por acciones similares a la de Williams, que solo fue sancionada: Rigor Dimitrov fue descalificado en Estambul tras romper su raqueta y haber sido advertido; el canadiense Shapovalov perdió su partido de Copa Davis tras tirar un pelota al aire y pegarle en el ojo al juez: David Nalbandián perdió la final de Queens en 2012 tras dar una patada a una valla de publicidad delante de un juez de línea; el polémico McEnroe fue descalificado en el Open de Australia tras ser advertido por el juez. Y más cerca en el tiempo, el italiano Fabio Fognini fue expulsado el año pasado del mismo US Open por llamar “ramera” a la juez de silla.

¿Por qué personas poderosas, movimientos aún más poderosos y el presidente más poderoso del mundo juegan la carta del victimismo? ¿Qué se obtiene asumiendo el lugar de la víctima cuando en realidad se está parado claramente en el pedestal de los privilegiados? El periodista Jorge Barreiro traía a las redes una muy oportuna cita de Daniele Giglioli: “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”.

Giglioni concluye: “La ideología victimista es hoy el primer disfraz de las razones de los fuertes, como vemos en la fábula de Fedro: Superior sabat lupus. Si solo tiene valor la víctima, si esta solo es un valor, la posibilidad de declararse tal es una casamata, un fortín, una posición estratégica para ser ocupada a toda costa. La víctima es irresponsable, no responde a nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder.”

En resumen, estamos pasando del universo de la posverdad al universo de la impunidad de todo aquel que se declare víctima y obtenga el aplauso de los incautos. Los poderosos no podrían estar más contentos. Como diría Jorge Traverso: “Así está el mundo, amigos”.

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