María Simon, foto: Nicolás Der Agopián

Según la decana de Ingeniería, el “desbalance” empieza en el liceo, cuando, condicionadas “por ciertas visiones sociales sobre qué es bueno o adecuado”, pocas eligen las opciones científicas

Uruguay “desperdicia” el talento de las mujeres porque los “sesgos” las expulsan de áreas como la ciencia y la tecnología

6min 2
Nº1989 - al de Octubre de 2018

Cuando María Simon ingresó en la Universidad de la República, en 1974, no era común encontrar mujeres en los pasillos de la Facultad de Ingeniería que hoy dirige. Más aun, en su carrera de Ingeniería Industrial, opción Electrónica, tuvo solo una compañera. Sin embargo, “eso no fue un obstáculo” durante la trayectoria de quien se convertiría en la primera decana de Ingeniería, en 1998. “Dentro de esta facultad no hay problemas de género o, a esta altura he empezado a desconfiar tanto, que capaz que los hay y yo no los veo”, dice Simon a Búsqueda. Para la decana “los problemas empiezan con el ejercicio de la profesión”, y quizás antes, en los últimos años de la educación media. “Cuando los muchachos y las muchachas tienen que definir su orientación, porque por algo tenemos tan pocas mujeres”.

De hecho, Simon gobierna una de las facultades con mayor porcentaje de estudiantes hombres. Aunque en los últimos años aumentó la cantidad de mujeres en Ingeniería, el promedio de alumnas oscila entre 20% y 25% en una población de 7.000 estudiantes. En palabras de la decana, esta situación es “bastante atípica” en una universidad donde hace décadas se observa una feminización de la matrícula, aunque los hombres continúen siendo mayoría en los altos cargos. Dos de cada tres estudiantes que ingresan a la universidad son mujeres, igual que dos de cada tres que egresan. Sin embargo, en los máximos grados docentes la relación se invierte: dos de cada tres grado 5 son hombres.

Por eso, esta ingeniera de 64 años, docente grado 5 en Telecomunicaciones, viene a ser “una excepción” del sistema universitario. Fue la primera mujer que llegó al decanato en su facultad, cargo para el que fue reelecta en 2002. En 2005 renunció para presidir Antel, y en 2008 asumió como ministra de Educación. En 2015 volvió a ser elegida como decana, hasta febrero de 2019, y tiene la opción de presentarse una vez más, algo que aún no tiene resuelto.

Aunque en los últimos años aumentó la cantidad de mujeres en Ingeniería, el promedio de alumnas oscila entre 20% y 25% en una población de 7.000 estudiantes.

“Sí, soy una excepción. Pero no hay que hacerse el loco con las excepciones. Nunca hay que salir a decir ‘si te esforzás, podés’. ¡No! Porque para alguna gente es más difícil que para otra”, afirma Simon, cuyo nombre también se ha barajado varias veces entre posibles candidatos a rector de la Universidad. “Siempre sostengo que parte de mi encanto como candidata residía en mi imposibilidad”, bromea. “La universidad está funcionando bien y en este momento no lo considero”.

En la universidad hay dos mujeres por cada hombre, pero “eso tampoco es necesariamente un motivo de alegría, sino de análisis”, dice Simon. Al igual que aumentó la cantidad de alumnas, también la cantidad de mujeres docentes creció unos seis puntos porcentuales desde el 2000, y la población de funcionarias se ubica en torno al 66% (Búsqueda Nº 1.960).

Incluso, 15 años atrás no había decanas y hoy son cinco: además de Simon, está María Torre (Química), María José Bagnato (Psicología), María Ceretta (Información y Comunicación) y Mercedes Pérez (Enfermería).

Así y todo, la situación de las mujeres “continúa siendo difícil”, insiste Simon, quien si bien prefiere no hablar de “techo de cristal” —expresión que ya en 1970 empezó a circular en los ámbitos académicos y hace referencia a la barrera invisible que impide a las mujeres acceder a los puestos más altos—, asegura que el sexo femenino aún se ve limitado por un cuello de embudo ya en educación media y luego en el sector privado, aunque también en ciertas áreas del Estado, de los sindicatos y de la universidad.

Subrepresentadas.

El hecho de ser mujer y madre también suele ser “una barrera” para avanzar en la profesión, explica Simon, quien pronto unió su carrera académica con la docencia, la investigación y el trabajo en empresas locales y en el exterior. Una carrera muchas veces requiere extensas jornadas laborales, disponibilidad de tiempo para viajar a cursos y congresos, acaso también estudios de posgrado y una gran capacidad competitiva, todo lo cual “es difícil” de compatibilizar con la vida familiar. “Hay más cosas a vencer siempre”, porque “la sociedad aún les reserva muchas más ocupaciones a las mujeres que a los hombres, como el cuidado de los niños y de los viejos”.

“Las exclusiones también suelen explicarse por factores internos, por creer que no se está a la altura, que no se es tan capaz o inteligente para algo”, advierte la decana. “Ese desbalance se empieza a dar en quinto y sexto año de educación media, cuando hay que optar entre las orientaciones de carrera, y ahí ya pocas mujeres eligen las opciones científico-tecnológicas, llevadas por ciertas visiones sociales sobre qué es bueno o adecuado”.

Según Simon, “esas presiones suaves restringen la libertad de elección de las personas”. “Ese es un primer sesgo que ya está ahí, a edades tan tempranas como esas, cuando aun no se tiene mucha idea de lo que se va a ser”, agrega la ingeniera.

A modo de ejemplo, explica que el menor porcentaje femenino que cursa Ingeniería a su vez “esconde asimetrías” entre algunas carreras. Por ejemplo, en Ingeniería Química y en Ingeniería de Alimentos hay paridad de género, lo cual implica que en las otras opciones haya menos del 20% de mujeres. Es el caso de Ingeniería en Computación —carrera que concentra casi la mitad de los inscriptos—, donde la proporción de alumnas es de 15%. “Esto es muy sorprendente, por todo lo que decimos de que se está avanzando y mejorando en igualdad”, apunta la decana.

Simon entiende que ese “sesgo” existe ya en el liceo o en la UTU. Pero lo más preocupante para la decana es que las adolescentes ya tengan una percepción negativa de sí mismas: “Que no se crean tan inteligentes como la media. Me lo pregunto casi con horror, porque eso es algo que la sociedad les dice: ‘¿Por qué hacés esto y no lo otro?’. Y la presión social no es poca a esas edades, y los prejuicios persisten. Esa es la peor hipótesis”.

Dos de cada tres estudiantes que ingresan a la universidad son mujeres, igual que dos de cada tres que egresan. Sin embargo, en los máximos grados docentes la relación se invierte: dos de cada tres grado 5 son hombres.

En este sentido, según la decana, “el país está perdiendo oportunidades preciosas”, porque “Uruguay necesita mucha más gente en temas de ciencia y tecnología”. “Hay muchísimas empresas que requieren de personal capacitado en estas áreas donde hay más demanda que oferta” y sectores que muestran una “desocupación negativa”.

Observa que, “por un lado, la gente pierde el sesgo de libertad para elegir su futuro por prejuicios sociales y, por otro, el país desaprovecha el desarrollo de talentos en lugares en que los precisa y mucho”. Esto no se da solo por la condición de género, sino también por exclusión económica o geográfica, entre otros motivos, añade Simon.

Uno de ellos lo ubica a nivel de las empresas privadas. “Sabemos que hay mujeres que envían sus currículos a empresas y luego se enteran de que no las llamaron, pese a tener mejores condiciones que sus colegas seleccionados, porque prefieren contratar a hombres”, cuenta. “No hay forma de cuantificar estadísticamente esto, y menos de denunciarlo, pero es así. Simplemente no las llaman por ser mujeres”. Y ese, dice, también es “un sesgo que, aunque de a poco va cambiando, cuesta y hay que peleárselo”.

Desde su experiencia política, siempre como “frenteamplista independiente”, entiende que hoy en el Estado existe un “acceso razonablemente igualitario” y también que hay empresas que hacen esfuerzos para mejorar la equidad.

No obstante, Simon advierte “una especie de pereza mental” en muchas áreas del sector público. “Cuando se va a conformar un grupo, una comisión o un tribunal, casi siempre se recurre a los mismos profesionales, y en general son todos hombres”, dice. “Un momento, ¿no hay ninguna mujer que sepa de esto? ¡Claro que hay! ¡Hay pila! Pero seguimos llamando a Fulano y Mengano”. Agrega que esa “pereza mental” obedece a que a la hora de elegir a alguien para un cargo, más que por su condición profesional, pesa la relación personal, el contacto previo.

Para Simon esto ha ido cambiando: “Está avanzando, se va moviendo, y es bueno, no solo por el ingreso de mujeres a cargos de mayor responsabilidad, sino para que haya gente distinta, sean hombres o mujeres, para que nuestras virtudes y defectos se compensen, para que haya otras visiones y otra riqueza”. Considera que como decana o política también “tiene que preocuparse por eso, y hacer el énfasis en el llamado a mujeres y en generar oportunidades” a otras profesionales.

De todas formas, si bien Simon encuentra que los roles sociales hoy están “algo más limados” que años atrás, cree que todavía hay muchos lugares de la universidad, de los sindicatos y del Estado en que las mujeres están “subrepresentadas”, afirma­, “cuando el país y el mundo no están para desperdiciar talentos”.

✔️ Una muestra “viva” en Ingeniería

✔️ Markarian logró “priorizar” lo importante y “mantener el rumbo”

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.