Entrevista a Juan vera, director de El amor menos pensado

Preguntas sin respuesta

4min
Nº1990 - al de Octubre de 2018

El amor menos pensado es la primera película de Juan Vera —gerente artístico de la productora Patagonik— como director, aunque sus inicios como guionista se remontan a 2010 con Igualita a mí (con Adrián Suar), y como productor ejecutivo al año 2001, con El hijo de la novia (con Darín, Norma Aleandro y Héctor Alterio). De paso por Montevideo para presentar su opera prima, conversó con galería.

¿Fueron sus propias inquietudes o casos cercanos los que lo motivaron a escribir y dirigir esta película sobre la búsqueda del amor entre personas de 40 o de 50 años? Supongo que está en el área de mis preocupaciones y las preguntas que yo me hago en mi vida, y que se hace cualquier persona de más de 40 y de más de 50 que tiene una relación de más de cinco años o diez. ¿Qué pasa con el deseo, con la pasión, con el enamoramiento, con el encantamiento? ¿De qué está hecha esa relación? ¿Qué es el amor? ¿Qué se hace con el deseo, cómo se sostiene, cómo se reinventa? ¿Cómo es el vínculo de pareja, de qué está hecho? Así que dije: me voy a hacer las preguntas volcadas a un guion. No tengo las respuestas, pero sí tengo las preguntas. Me parece que los personajes se hacen preguntas para tratar un poco de desarmar el artefacto matrimonio. No sé si lo pueden armar de vuelta, pero por lo menos queda un poco ahí diseminado, y algunas cosas quedan a la luz, quizás para observarlas. Obviamente, había una idea lúdica. Cuando empecé la película sabía que quería hacer una película sobre un matrimonio que se lleva bien, que se quiere, que se desea todavía, que se divierten juntos, pero aun así…

Les falta algo… No sé si falta algo, no es que le falte algo a la pareja, le falta algo a cada uno de ellos. Quería entrar en ese lugar no de que hay un conflicto, un engaño, o de que realmente no te quiero más, me aburrís, que vas a restaurantes y ves a dos comiendo que no se hablan en toda la noche. No, yo quería ir a una pareja que empatiza. Va a quedar en términos absolutos, pero para mí el matrimonio es una trampa que nos hemos inventado, que es buenísima para algunas cosas y para otras no está tan buena, porque te obliga a convenciones necesarias, imprescindibles para que eso funcione, pero no hay cabida para la individualidad. Entonces, se separan de común acuerdo: se quieren, te das cuenta de que están bien entre ellos, y no es que son viejitos con bastón; tienen impulsos, hay deseo, son atractivos todavía para salir al mundo y ver nuevas cosas. ¿Qué están manteniendo?

“Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lluvioso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes, y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda”. Así empieza la película, con una voz en off de Ricardo Darín leyendo el primer párrafo de Moby Dick.

¿Por qué eligió arrancar así la película, con una cita de Moby Dick aplicada al amor? La película no empezaba así; estaba Ricardo en una plaza, esperando, y le contaba su historia a alguien que estaba sentado ahí. Pero no me convencía ese comienzo, y en la preproducción una mañana me desperté, “Cada vez que…”, el comienzo de Moby Dick. Después desayuné, me fui a la oficina, trabajé, me seguía dando vueltas y lo fui a buscar. Lo leí y dije: claro, es esto. Si lo escuchás con atención y después ves la película, en el fondo lo que pasa, que nos pasa a diario, creo que a todos, es que hay veces que tenés una necesidad de salir de la rutina, de lo cotidiano, del lugar conocido, cómodo, aunque esté bien todo eso. Todo eso está contenido ahí. Después él dice: “Esto es lo que nos pasó, no es que no la quería, que no la amaba”; tenía ganas de vivir algo él, de salir al mundo un poco, a respirar, a regular la circulación. Lo de Moby Dick apareció y además me resolvió otro tema, porque el guion hablaba de un objeto que tenían colgado que no podían sacar y yo no sabía qué era, y cuando resolví lo de Moby Dick dije: tiene que ser un arpón.

La película apuesta mucho a los diálogos, con escenas largas. ¿En algún momento le preocupó que eso excluyera a un público acostumbrado a otro ritmo? Yo quería hacer una película popular… el término popular es complicado. No quería hacer una película hermética, intelectualosa. Quería hacer una película divertida, pero tampoco quería subestimar a los espectadores; está apuntada a una película para que escuches, para que prestes atención. Me interesaba que los personajes fueran inteligentes, locuaces, ingeniosos. El tema del tiempo en la película llama la atención, para bien o para mal, porque para una comedia tiene una extension quizás inusual, pero yo siento que es una película en la que tenés que sentir el tiempo de alguna manera, y me parece que logra su cometido. No quería apurar ninguna escena ni ir a los primeros planos, quería que la película fluyera en un tiempo natural, que sintieras que los personajes están viviendo en la película, y creo que eso en muchas escenas está logrado. De hecho, muchos me preguntaron si los diálogos eran improvisados, los textos estaban escritos así. Eso tiene que ver también con la calidad de los actores y con cómo está filmada la película.

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