Polarización y populismo

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Nº1989 - al de Octubre de 2018
por Pau Delgado Iglesias

La semana pasada un grupo de estudiantes argentinas denunciaron durante su ceremonia de egreso a varios profesores y autoridades del Colegio Nacional de Buenos Aires por acoso sexual, misoginia, homofobia y discriminación. Las adolescentes explicaron que durante sus años de educación —entre 2012 y 2017— no contaban institucionalmente con un espacio adecuado para ser escuchadas por estos problemas, y que por eso habían decidido plantearlo ahora públicamente. Consideraron que hacerlo de este modo podía ayudar, además, a que el tema “se extienda a otros colegios”, ya que entienden que esta realidad no es exclusiva “del Nacional”.

En la actitud de las adolescentes se puede ver el impacto que el movimiento #MeToo y el fortalecimiento del feminismo han generado a escala global: son jóvenes que tomaron conciencia de los abusos a los que han estado expuestas solo por ser mujeres, y cuentan con las herramientas discursivas necesarias para intentar ponerle fin a una impunidad histórica.

A pesar de esto, desestabilizar y desnaturalizar privilegios no es, por supuesto, una tarea fácil, y las mujeres que rompen el silencio se enfrentan a una creciente ola de resistencias y rechazo. Un buen ejemplo es la tormenta que se desató a partir del caso Kavanaugh en Estados Unidos: luego de haber sido nominado por Trump para la Corte Suprema, el juez Brett Kavanaugh fue acusado por Christine Blasey Ford de haberla agredido sexualmente en 1982, cuando eran adolescentes. Blasey declaró que había dudado mucho antes de hacer público este hecho, pero que sintió el “deber cívico” de alertar a la ciudadanía sobre la integridad moral de la persona que durante años ocuparía la mayor autoridad judicial de su país.

Desde que su nombre se hizo público, ella y su familia han recibido constantes ataques y amenazas de muerte. Algo similar debe haber motivado a las estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires para animarse a tal grado de exposición: probablemente el profundo deseo de que estas cosas no pasen más o, al menos, que dejen de pasar desapercibidas, y que no sigan siendo avaladas cultural y políticamente.

Mientras que muchas personas (en su mayoría mujeres) sienten empatía hacia la situación relatada por Blasey, o lo expresado por las jóvenes argentinas, otras muchas personas se sienten molestas. Las jerarquías de género están siendo profundamente desafiadas por las mujeres y esto provoca un enorme miedo. El propio Donald Trump (él mismo con más de 10 acusaciones de abuso) declaró esta semana que “es un momento aterrador para los hombres jóvenes en América”, ya que “podés haber sido una persona perfecta toda tu vida y alguien puede acusarte de algo”.

En lugar de acompañar los cambios y entender que es momento de plantearnos relaciones horizontales y respetuosas entre mujeres y hombres (muy especialmente en el plano de la sexualidad), una gran parte de la población elige responder con furia y enfrentamiento.

Como plantea el periodista británico Gideon Rachman, lo generado a partir del caso Kavanaugh deja en evidencia el gran enojo que provoca en muchos hombres la sensación de “pérdida de estatus”, y muestra “el poder polarizador” de los debates de género. Comparto con Rachman la idea de que esta polarización viene siendo aprovechada por el populismo conservador, que utiliza discursos misóginos para ganar votos. Como afirma el periodista, aunque las explicaciones más populares para el reciente aumento del populismo en el mundo se han centrado en “desigualdad y raza”, lo ocurrido en torno al caso Kavanaugh “apunta a un tercer factor: la ira masculina”. Este temor a “perder el poder” se hace cada vez más evidente en el “tono misógino de los movimientos populistas en Estados Unidos, Brasil, Filipinas, Italia y otros lugares” (Rachman, 2018).

El próximo domingo se pondrá a prueba en Brasil el populismo de derecha más conservador de la región, con el candidato a presidente Jair Bolsonaro. Las afirmaciones del candidato abarcan desde las más escalofriantes posturas homofóbicas y misóginas, hasta el apoyo a la pena de muerte, la defensa de la tortura y el elogio al régimen militar. Los discursos de odio y violencia que por un lado hicieron surgir fuertes movimientos en su contra (como la campaña #EleNão llevada adelante por cientos de miles de mujeres brasileras), son, por otro lado, los mismos que le suman votantes cada día, ya que la polarización alimenta al populismo.

La respuesta automática y reaccionaria contra el avance en términos de derechos, nos puede terminar llevando como sociedad hacia caminos que seguramente no sean los que queramos transitar. Evitemos convertirnos en el blanco fácil de un populismo conservador que nos subestime al punto de convencernos de que todos nuestros males son culpa del feminismo y de “la ideología de género”. El enojo sistemático frente a los complejos cambios que estamos viviendo en términos de igualdad, probablemente no nos deje ver con claridad la necesidad todavía urgente de estas transformaciones.

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