Fares Fares, el detective

Crimen en El Cairo, un tremendo policial de Tarik Saleh

Podrida primavera

4min 1
Nº1986 - al de Septiembre de 2018
Eduardo Alvariza

Después de unos cuantos porros y de comprobar que el televisor de su oscuro y desordenado departamento no funciona, el policía sale a realizar su recorrida habitual por las caóticas, ruidosas y superpobladas calles de El Cairo. La recorrida no es otra cosa que una recolección de pequeños sobornos en bares y tiendas de mala muerte, donde los chulos y los transas se quejan, los comerciantes regatean con los turistas que no saben si comprar o no las pirámides en miniatura y otras chucherías que tienen en la mano. El hombre se la tiene que rebuscar en esta ciudad de 10 millones de habitantes, la mayor del mundo árabe, la madre de todas las ciudades, cuyos sucios edificios de color marrón hacen juego con el olor a comida rápida de bocadillos callejeros y el anhídrido carbónico de los autos.

En pocas tomas, cuando las cosas se hacen bien, ya tenemos instalada la corrupción, la brutalidad policial y la miseria en la que se mueve el detective Noredin Mostafa (interpretado por el actor libanés Fares Fares, 45 años, 1.86 m y naso prominente), que para colmo de males tiene que hacerse cargo de un padre anciano. La serie negra está presentada en un territorio exótico, y aparece más negra e intensa que nunca. Y el misterio queda servido cuando una empleada de la limpieza de un hotel descubre el cadáver de una mujer y ve salir de la habitación al asesino.

Estamos en 2011, el año en que el gobierno de Hosni Mubarak (“la vaca que ríe”, según sus detractores) da los últimos estertores, luego de 30 años de dictadura. En las calles se vive una primavera árabe que costó, en Egipto, más de 850 muertos luego de 18 días de protesta, que terminaron con la dimisión del dictador y un leve aire de esperanza para el resto de los mortales.

El director y guionista sueco Tarik Saleh (madre sueca, padre egipcio) se basó en un suceso real ocurrido en 2008 en un hotel de Dubai: el homicidio de una cantante libanesa, cuya autoría recayó en un pez gordo de la construcción y amigo del propio Mubarak. En la película el hotel está en El Cairo, justo frente a la Plaza Tahrir, donde se concentran las protestas contra el dictador, quien, luego de la ejecución de Sadat en 1981 a manos de un comando islamista, se hizo con el poder.

Nuestro detective de prominente naso, campera negra, corbata y último botón de la camisa desabrochado (hay cantidad de detalles deliciosos) está a cargo de la investigación y de entrada es advertido por su superior en la jefatura: se trató de un suicidio, caso cerrado. “¿Se degolló sola?”, responde Noredin Mostafa, en una clara alusión a que seguirá investigando por su cuenta, como indica el manual romántico del perfecto policía que debe ir contra el sistema, aunque se estrelle contra la pared.

La corrupción de quienes deberían garantizar el orden y la justicia, la impunidad de los poderosos, la clásica y sensual mujer fatal que enamora al policía luego de una dulce noche y la soledad del héroe para combatir una fuerza superior a él son las constantes de un género que en este caso se revitaliza con otros elementos. El árabe es el idioma central, y a partir de ahí se abren sonidos y costumbres distintas para el espectador. Es moneda corriente ver a los fieles orando en una calle cortada y a los emigrantes de países más pobres (los que trabajan en lo que sea y los que se revuelven como sea). Hay un sicario que aparece fugazmente y mete miedo (Slimane Dazi, el de Un profeta y Solo los amantes sobreviven). También destacan apuntes irónicos en las pequeñas ventajas, como la irrupción de un camarero con un plato humeante para uno de los policías que se encuentran en la escena del crimen —echado cómodamente en la cama de dos plazas, mientras sus compañeros escrutan el cadáver de la degollada en la alfombra— y una breve alusión al conflicto árabe-israelí (“¡Te pedí un favor pedorro, no que liberaras Jerusalén!”).

La película fue filmada en Casablanca, Marruecos. A las autoridades egipcias no les causó ninguna gracia el descarnado y brutal fresco que les pintó el cineasta. No fue estrenada en Egipto y se exhibe en funciones privadas como un objeto de culto peligroso, a entera responsabilidad de los organizadores, que pueden recibir represalias en cualquier momento.

Las ciudades resultan esenciales en un policial. Son su escenografía perfecta, natural. Te pueden tirar en Los Ángeles, que es violenta, y te podés defender. Te pueden dejar solo en zonas de París, Nueva York y San Pablo que no concés, y te podés defender. Incluso te podrías perder en Blade Runner, pero te salvaría un comedero chino o un antro de stripers con androides. Pero si te tiran en El Cairo, no sabés para dónde ir.

Saleh (Estocolmo, 1972) ha dirigido documentales y películas de ficción como Tommy (2014) y Metropía (2009), una animación distópica, kafkiana, con las voces de Vincent Gallo, Juliette Lewis y Stellan y Alexander Skarsgard. Crimen en El Cairo, premiada en los festivales de Sundance y Valladolid, es la primera realización de su autoría que se estrena en nuestro país. Aparte del cine y de la producción, Saleh viene del mundo del… grafiti. En su años mozos, el hombre fue un gamberro que esperaba la soledad de la madrugada para pintarrajear muros. Es más: uno de sus trabajos ha sido calificado de patrimonio cultural por tratarse del primer grafiti de Estocolmo, la ciudad del orden y la limpieza.

Hay algo del grafiti en esta estupenda película que tiene cantidad de personajes e imágenes apretadas, arabescos de sentido, jeroglíficos y vueltas de tuerca, una historia policial de las mil y una noches infernales, o la esperanza de una primavera que finalmente resultó podrida y llena de gusanos.

Crimen en El Cairo (The Nile Hilton Incident). Marruecos-Suecia-Dinamarca-Alemania-Francia, 2017. Escrita y dirigida por Tarik Saleh. Con Fares Fares, Mari Malek, Yasser Ali Maher, Hania Amar, Slimane Dazi. Duración: 111 minutos.

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