“Muchos” empresarios se fueron y otros piensan hacerlo ante un momento “difícil”, que el gobierno se niega a admitir

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Nº1986 - al de Septiembre de 2018
entrevista de Ana Morales 
Diego Balestra. Foto: Javier Calvelo/ adhocFotos

Para el presidente de la Confederación de Cámaras Empresariales, Diego Balestra, el gobierno debe “reconocer” las dificultades que atraviesa el país y plantear soluciones “que den credibilidad” para que la “gente vuelva a tener confianza”.

“Negar que el (tipo de) cambio está desalineado, que Uruguay tiene problemas de acceso (a mercados), negar los problemas de competitividad, de productividad…Todo se puede relativizar, pero la situación es que las empresas están cerrando (…)”, señaló.

Su escepticismo, que, dice, es compartido por otros empresarios, le lleva a esperanzarse con un cambio de gobierno.

“La población es muy sabia, la gente se da cuenta de lo que pasa, hay que esperar... Y si la gente quiere otro período completo del Frente Amplio con mayoría y vota para eso, es  lo que el país quiere. Entonces los que están errados tendrán que buscar otros horizontes. En Uruguay muchos empresarios se han ido y muchos están pensando en irse”, afirmó Balestra.

La Confederación de Cámaras Empresariales agrupa más de una veintena de organizaciones patronales. A continuación, una síntesis de la entrevista que su titular mantuvo con Búsqueda.

—La confederación reclama respuestas inmediatas para resolver el problema de competitividad porque “el tiempo se terminó”. ¿La situación es tan crítica?

—Es un momento difícil. No haber tomado medidas a tiempo nos llevó a esta situación, ayudado por la región, que viene a incrementar las dificultades que teníamos. Está pasando todo lo que planteamos en 2013: el país se encuentra con baja inversión, nacional e internacional, los precios internacionales han caído, la devaluación de Argentina complica enormemente el acceso a ese mercado; en Brasil no es tan grave y la devaluación no se nota tanto, pero igual afecta.

Es probable la caída de la temporada turística. El crecimiento va a disminuir, con salarios y tarifas subiendo, se hace muy difícil competir. Creo que nadie discute el problema de competitividad, si bien los números se pueden manipular de un lado para otro, deberíamos tomar medidas rápidamente.

—El ministro de Economía dijo no compartir la visión de la confederación. ¿El gobierno niega los problemas?

—Negar que el cambio está desalineado, que Uruguay tiene problemas de acceso, negar los problemas de competitividad, de productividad…Todo se puede relativizar, pero la situación es que las empresas están cerrando, que en un período de falta de inversión el empleo está cayendo, que los números de desempleo, tomando en cuenta la gente que dejó de buscar, pasan el 10%. Entonces, hay que empezar a hacer cambios.

—El ministro de Trabajo pidió ver “toda la película”, porque dice que se crearon 300.000 puestos desde 2005…

—Los números uno los puede manejar con honestidad y sin honestidad. Si hago una gráfica con lo que quiere que le dé… ¡Y le va a dar! La realidad es que la educación es muy mala, que estamos perdiendo puestos de trabajo, que las empresas están cayendo, que hay gente que ni sale a buscar trabajo porque no lo encuentra, que la competitividad es mala, que el peso del Estado es fantástico, que las tarifas públicas son carísimas. Si el ministro quiere decir que se crearon más puestos de los que se perdieron, que lo diga…

—¿Qué medida sugiere para mejorar rápidamente la capacidad de competencia?

—Cuando se llega a una situación así, no es fácil cambiar con una o dos medidas. El gobierno no puede ajustar tarifas porque las necesita para pagar el presupuesto y el déficit fiscal es muy importante; son todas anclas que impiden tomar otras medidas. Uruguay sigue privilegiando mantener su estructura de acceso al crédito y eso impide tomar medidas que pongan en riesgo la calificación. Hay que revertir determinadas circunstancias que parecería que el gobierno no está dispuesto a revertir. Cuando uno ve que se sigue pensando que hay espacio fiscal y que se puede seguir presionando al aparato productivo porque hay recursos para seguir extrayendo, parece que viviéramos en dos países diferentes.

—¿Cree que se dilatan decisiones por mantener el status quo y por dejar para el próximo gobierno los ajustes?

—Sería muy malo mantener el status quo y dejarle al que viene un desastre, una crisis,… La falta de actividad nacional es muy grande y hoy no existe sector que no esté comprometido, salvo excepciones, como las TIC. Pero el turismo, que venía fantástico, por una temporada va a bajar; el núcleo duro de la industria sigue cayendo, la construcción está esperando si UPM sale. Los costos de Uruguay transferidos a los productos hacen que estemos caros y con rentabilidad baja. Pero parecería que como hay empresas que siguen, porque no hay más remedio, no se entiende lo que está pasando, o no tienen la capacidad de darse cuenta porque nunca estuvieron en un tema de estos.

Siguen pensando que podemos seguir sacando recursos de las empresas públicas, aumentando la presión fiscal, haciendo ajustes, cuando las empresas (privadas) no tienen más capacidad. La presión fiscal es altísima, está en 42%, muy cerca de la de los países nórdicos.

La producción del país no soporta más. Lo que queremos es tener las condiciones de poder producir a precios razonables, con los márgenes de ganancia necesarios para poder reinvertir, para poder seguir creciendo. Porque si las empresas no pueden crecer, no hay manera de que la población tenga mejores puestos de trabajo.

Estamos totalmente a favor de que venga UPM. Solo decimos que lo que se le da a UPM, ¿por qué no se le da a todo el resto? A UPM le damos para que venga; mientras tanto, los uruguayos, los vernáculos, nos caemos porque no tenemos las mismas condiciones. Tenemos que soportar un Estado que es totalmente insuficiente, y como tienen los votos no podemos hacer nada.

—Habla de dos países distintos. ¿Falta liderazgo político para generar consensos? ¿El empresariado está haciendo el rol de oposición para provocar cambios?

—En el gobierno hay diferencias importantes. El problema es que se va por un camino en el que, como dije hace muchos años, en el gobierno de Jorge Batlle: “Estamos al borde de un abismo y vamos a dar  un paso adelante”.  A veces da esa sensación. Ciertas personas creen que un pensamiento puede llevarse hasta los extremos, sin importar lo que pase, cuando se ve que estamos frente a un muro. ¡Y nos vamos a dar contra el muro! Es muy triste, porque costó muchísimo la crisis de 2002.

Aparte del estancamiento, del desalineamiento del tipo de cambio, del elevado gasto público, nos preocupa la educación. Estamos generando una mano de obra y un relacionamiento de muy mala calidad. Eso absorbe hacia abajo al país y genera que los más capaces decidan seguir yéndose y que el país que antes se diferenciaba de la América Latina profunda, vaya cada vez más a ese cerno. Eso no se atiende y sin embargo se dice que sí. Ese es el gran error que estamos viviendo los u­ruguayos: no querer reconocer las cosas que están mal y que hay que cambiar. No es un tema de un partido, un sector o un grupo.

No somos oposición de ningún gobierno, porque no somos políticos. Estamos a favor de cualquier gobierno que venga, que quiera hacer las cosas bien.

—¿Un eventual nuevo gobierno del Frente Amplio podría hacer las reformas necesarias?

—Es muy difícil de saber. Dentro del Frente Amplio hay diferentes visiones de país, de cómo se debe insertar. Hay gente que sigue hablando de un proteccionismo cerrado, hay gente de la estructura de gobierno a la que le gustaría tener un país de los 50. Se quedaron antes de que cayera el muro; el mundo es otro, evolucionó para otro lado, y si bien son muy importantes las medidas de contención y bienestar de la sociedad, eso se puede hacer si hay recursos, que salen de un solo lado: el esfuerzo es de la población que aporta el IRPF y de las empresas.

Se dijo que no iba a haber más impuestos y le subieron los impuestos a la gente; después dijeron que no se iban a crear “nuevos”. ¡Pero los viejos los subimos todos!

Es una demagogia llevada al extremo.

El Estado lo único que ha generado es pérdida, con la regasificadora, con Aratirí, con la explotación del subsuelo, con las empresas paralelas que ha hecho.

—Entonces, ¿tiene más esperanzas con un gobierno de otro partido?

—La mayoría de los empresarios preferiría no tener gobiernos con mayorías absolutas, donde se puedan llevar adelante cosas y no como ahora, donde muchas veces uno discute y le dicen: “Tenés razón, pero no puedo hacer”. Muchos empresarios hemos sentido eso.

Y después, misteriosamente, se puede hacer otra cosa, hay espacio, hacemos varios ajustes fiscales que no se le llaman así, se le llaman adecuación.

Falta apertura de cabeza. Hay que empezar a dar señales, si no, es muy difícil revertir la situación.

Los gobiernos con mayoría absoluta ya han demostrado que toman medidas que son muy malas para el país y que se pierden oportunidades enormes, como las que hemos perdido.

Pero ¿sabe qué? La población es muy sabia, la gente se da cuenta de lo que pasa, hay que esperar... Y si la gente quiere otro período completo del Frente Amplio con mayoría y vota para eso, es  lo que el país quiere. Entonces los que están errados tendrán que buscar otros horizontes. En Uruguay muchos empresarios se han ido y muchos están pensando en irse.

El gobierno, el que está en el comando de la cosa, tiene que aceptar y reconocer que la situación es la que es, y plantear soluciones hacia delante —porque hoy no las vamos a tener— que den credibilidad y que la gente vuelva a tener confianza.

Pero cuando la cosa sigue en un surco, donde medio país piensa una cosa y medio país piensa otra y, a su vez, todo lo que dice uno está mal…, uno se retrotrae a muchos años atrás, cuando se decía a: “Cuanto peor, mejor”.

—¿Esa percepción se traslada al ámbito de los Consejos de Salarios? ¿El instrumento está desgastado?

—Cuando hay un abuso sistemático, ciertas cosas se transforman en malas y la herramienta puede ser muy buena. Por más que el gobierno sostiene que  la mayoría de los acuerdos son entre empresarios y trabajadores, no es así; los empresarios siempre terminan aceptando, porque si siguen, es peor.

El conflicto de Cona­prole lo vio todo el país. El sector lechero está agarrado con pinzas, y sin embargo eso no importa. Importa que se pueda seguir ejerciendo derechos excesivos.

—Las gremiales rurales se retiraron y desde el gobierno y los sindicatos se los acusa de no querer negociar y de vaciar el ámbito…¿Usted qué dice?

—No es así. Pero cuando el que tiene el poder cambia determinadas reglas... Porque es claro cómo el Ministerio de Trabajo está conformado y quiénes son las cabezas pensantes, con su acercamiento a los sindicatos. Y si le cambian las reglas, está bien que usted se vaya. ¿Qué va a hacer?

Desgasta tanto ese tipo de negociación. Se piensa que siempre hay que sacar un poquito más, no importa que sea un gajo de naranja… ¡Pero te lo saco!

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