Nobleza obliga

La felicidad de aprender sonriendo

4min
Nº1990 - al de Octubre de 2018
por Claudia Amengual

Lo descubrí por casualidad. Estaba buscando algo en YouTube y no sé cómo apareció Darío Sztajnszrajber. Desde entonces me he dedicado a dos actividades en lo que a él respecta: escuchar sus largas conferencias y hacer planas con su apellido a ver si, por fin, lo aprendo.

Darío ―lo llamaré así por obvia comodidad y supongo que él lo aprobaría― es un filósofo argentino y, ante todo, un docente que vuelca su saber en unas magníficas apariciones públicas. Ha escrito libros y participado en programas de radio y televisión, en espectáculos que combinan música y filosofía, y en unos estupendos ciclos abiertos a los que asisten centenares de jóvenes.
Su objetivo es divulgar la filosofía, volverla más accesible, más atractiva. Lo hace con una pasión, una entrega y un desenfado tales que las horas transcurren sin el menor aburrimiento. Solito en el escenario, vestido con calzado deportivo y remera, con el único auxilio de un micrófono y una pizarra blanca donde cada tanto garabatea un nombre, disfruta al hablar de la vida de algunos filósofos y explicar con claridad sus ideas. O al desarrollar temas tan complejos como el amor, la verdad, Dios, el poder o la muerte.

Habla con simpatía, sonriente, sin innecesarias solemnidades. Y se vale de un registro coloquial en el que, cada tanto, intercala un chiste, un término erudito o una palabrota. El efecto es el deseado: distiende, capta la atención de su auditorio y crea avidez por saber más, el sueño de todo buen docente. Es decir, no clausura asuntos, sino que abre puertas.

La semana pasada asistí a su presentación en la Feria del Libro. Una cola que empezaba en el atrio de la intendencia y llegaba hasta el Salón Azul permitía presagiar un casi milagro. No solo el salón se colmó hasta la última butaca, sino que hubo que hacer una segunda presentación para las personas que no pudieron ingresar y quedaron aullando afuera. El mismo Darío salió a disculparse con ellas y a pedirles un poquito de paciencia.

Yo, que tuve la suerte de entrar en la primera tanda, me maravillé de ver a tantos jóvenes entusiasmados por escuchar a alguien que les proponía sacudirse la pereza de lo cotidiano y poner patas arriba sus certezas. Esperaban con emoción genuina, encantados y atentos. Pensé en la ridiculez de las poses intelectualosas ―acartonadas, antipáticas, distantes, serias en exceso― con las que algunos disfrazan su inseguridad e intentan despertar admiración en la  audiencia. Nada como esa tonta pretensión de sabios aleja tanto a las personas de la felicidad pura de aprender sonriendo.

Cuesta elegir uno de los videos ―quizá los dedicados a los filósofos sean los más sorprendentes por la forma sencilla que tiene de acercarnos a esos hombres que solían quedarnos tan lejos―, pero quiero detenerme hoy en uno que muestra una clase abierta, al aire libre, en la Universidad Nacional de Hurlingham. No se trata de concordar en un todo con su exposición ―de hecho, discrepo en varios aspectos― sino de generar pensamiento crítico a partir de sus palabras. Ese es el verdadero triunfo de su prédica. 

En el minuto diecisiete lanza una aseveración provocadora que puede escandalizar al principio, pero que merece ser considerada en la sutileza de sus matices: “Yo creo que hoy nuestros estudiantes saben ―subrayo la palabra saben―, más que los docentes. (…) Porque tienen un conocimiento nativo, de la época, una capacidad de acceso a la información (…) que les da una sabiduría mayor que la mía. El tema es qué hago con eso”.

Es hermoso cuando uno ―al docente me refiero― siente que, mientras enseña, va aprendiendo. Y que los alumnos son también fuente de información e ideas. Que en esa interacción nutricia hay un mutuo enriquecimiento.

Escucharlo y ver la alegría que lo iluminaba al hablar, supuso para mí otra alegría. Porque desde hace tiempo vengo sintiendo algo parecido. Más de una vez mis estudiantes de traducción me han sorprendido con la mención de un autor para mí desconocido o con un cruce de datos que jamás había imaginado. Cada una de esas veces, lejos de molestarme o sentirme disminuida ante ellos, me llené de asombrada gratitud. Y no encontraba acomodo para esa sensación placentera al contraponerla con la imagen tradicional del docente que hemos heredado. Es decir, el formador de conciencias, la persona que sabe más que el alumno y viene a llenar en él aquellos espacios que están incompletos.

Esa posición jerárquica me parece necesaria en un punto, por cuanto el alumno, en efecto, viene a aprender con su docente y debe sentir que este tiene algo para darle a modo de guía o alimento. La demagogia de pretender una paridad absoluta entre el alumno y el docente solo para ganarse simpatías genera desconcierto. El alumno espera y necesita de esa figura inspiradora que lo estimule a seguir por los senderos del conocimiento. Pero nunca desde la rigidez del dogma, sino desde una voluntad colaboradora con seres pensantes y libres que incluso sean capaces de discutir y disentir con su maestro.

Por eso es hermoso cuando uno ―al docente me refiero― siente que, mientras enseña, va aprendiendo. Y que los alumnos son también fuente de información e ideas. Que en esa interacción nutricia hay un mutuo enriquecimiento. El avance tecnológico ―en el que los jóvenes son expertos― propone una forma de relacionarse nueva. Resulta fascinante trabajar en el aula con el acceso a Internet abierto. Nos da la posibilidad de abrir infinitas ventanas, buscar los datos que faltan, corroborar los dudosos, expandir la imaginación hacia límites inimaginables. Bien usada, la tecnología se constituye en una herramienta de alcance insospechado y el paradigma de la relación alumno-docente se transforma, crece.

El docente más confiable no es el omnisapiente, sino el que duda o incluso se equivoca, a veces. Comparte con sus alumnos el deseo de aprender y la deliciosa angustia de comprobar que, a medida que avanza, va generando más preguntas y que esas preguntas son el incentivo para ir tras las respuestas. No pretende enseñarlo todo porque acepta que no lo sabe todo y que siempre hay espacio para más. Su ambición máxima no es crear máquinas humanas especializadas en salvar exámenes, sino contribuir al crecimiento de personas críticas, libres. En el mejor sentido de la palabra, rebeldes.

tatiam@galeria.com.uy

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