Foto: Adrián Echeverriaga

Edad: 56 • Ocupación: embajador de Francia • Señas particulares: ávido lector; disfruta manejar por Montevideo; si tuviera tiempo, escribiría la biografía de Susana Soca

Hugues Moret

4min
Nº1990 - al de Octubre de 2018
Entrevista: Rosana Zinola

Lleva zapatos de gamuza azul con medias fucsia y gemelos. ¿Qué lugar ocupa la moda en su vida? La moda, la gastronomía y el arte forman parte de la esencia de Francia y un diplomático tiene que saber vestirse bien, pero al mismo tiempo estar simple. Lo que me gusta de Uruguay es la simplicidad de la gente.

¿Qué hizo cuando lo designaron para venir a Uruguay? Me lo propusieron un viernes de noche y tuve que contestar el lunes a la mañana. Durante esos dos días les pregunté a mis amigos qué sabían de Uruguay. Tuve respuestas muy variadas: Lautréamont, dictadura, democracia, carne, Solís y otros no me contestaron porque no sabían nada de Uruguay.

¿Cavani? Cavani fue lo primero que me dijo mi hijo mayor.

¿Y el resto de la familia? Mi mujer me dijo “¿cuándo partimos?”, pero fue complicado, porque tendría que haber dejado su trabajo en París. Tenemos tres hijos, uno de 21 años que acaba de entrar en una de las más prestigiosas escuelas de comercio de Francia; otro de 16 años que entró en 5º de secundaria y una nena de 13 años que quería venir aquí enseguida.

¿Qué tres lugares de Montevideo le recomendaría a un francés? El Museo de Artes Decorativas, caminar por la Peatonal Sarandí y por los alrededores de la librería Escaramuza. Para mí es una de las librerías más lindas que conozco de Montevideo y de París. Me encanta su espíritu.

¿Té o café? Café a la italiana. Acá no encuentro el ristretto verdadero, aunque el de café La Farmacia no está mal.

Recientemente estuvo de vacaciones en Italia ¿Qué le atrapa de ese país? Me une un vínculo muy fuerte por una historia personal.  Perdí a mi padre cuando tenía 22 años a causa de un cáncer y ahí abandoné todo. Dejé mis estudios y compré una tarjeta de trenes de estudiantes para viajar gratis por Europa. Y durante un año recorrí Italia. Dormía en Venecia, almorzaba en Roma, dormía en conventos y tenía pequeños trabajos de mozo o encargado de las sombrillas en la playa. Hice esa vida por aproximadamente un año, lo que me permitió olvidar el dolor, aunque el dolor nunca se olvida. Después conocí a mi esposa cuando era pasante en la Embajada de Francia y prometimos que si nos casábamos, tenía que ser en un lugar simbólico. Diez años más tarde nos casamos en Roma, en la iglesia San Luis de los Franceses, donde además están los más lindos Caravaggios. Por eso me gusta el ristretto.¿Tiene chofer? Sí, tengo, pero me gusta manejar porque me tranquiliza. Ir solo por la rambla de mañana es un gran placer, me permite reflexionar sobre lo que tengo que hacer y además voy escuchando tango rioplatense. Creo que un embajador moderno algunas veces tiene que manejar y eso me hace poner en valor la virtud de la simplicidad.

¿Baila tango? No, soy muy viejo, las articulaciones están demasiado anquilosadas.

¿Pero sigue jugando tenis? No, el tenis es un deporte de jóvenes. Jugué mucho de joven y mis hijos también juegan, pero pienso que a los 56 años hay que ser razonables. Me vería ridículo jugando al tenis o bailando tango.

¿Qué hace cuando no trabaja? Solo trabajo (ríe). Trato de leer mucho y el fin de semana voy a correr por la rambla y paseo por las calles de Montevideo. Hace cuatro meses que estoy estudiando español y trato de dar todos mis discursos en español. Pienso que un país se conoce bien a través de sus escritores y de sus artistas. Ahora estoy leyendo Memorias del calabozo de (Mauricio) Rosencof, cuentos de Horacio Quiroga y poesía de Susana Soca.

¿Cuál es el objetivo de su misión? Tengo tres ejes principales. La proyección del idioma, la cultura y las empresas francesas. Acá es muy fácil trabajar porque existe una larga amistad y una admiración recíproca por la cultura, compartimos valores, somos Estados de derecho y defendemos los derechos humanos en los organismos internacionales. Cuando volví a París a finales de agosto descubrí que uno de los principales autores uruguayos contemporáneos, Sergio Blanco, vivía en París. Lo llamé y conversamos tres horas en un café frente al Centro Pompidou. Esas son las sorpresas maravillosas que tiene un diplomático.

¿Cómo surgió la posibilidad de hacer la exposición de Carlos Páez Vilaró en la Embajada durante el Día del Patrimonio? Fue un gran azar. Estaba en una misión en Maldonado y quise conocer Casapueblo. Al entrar descubrí sus pinturas e imaginé una exposición en la Embajada. Se lo propuse a la directora, almorcé con la viuda del pintor y lo organizamos. Fue una operación impresionante, porque el Museo de Casapueblo es una casa y la Embajada también. Para mí fue divertido conjugar una obra creada en una casa para exponerla en otra casa. Además, me siento muy feliz con la jornada del Patrimonio porque la Embajada de Francia es la casa de los franceses y la de los uruguayos. Francia y Uruguay son de los pocos países que hacen estas jornadas.

¿Por qué la exposición de Picasso empieza en Uruguay? La suerte de los dioses. Será el gran evento cultural del otoño, con más de 40 obras que se verán desde el 29 de marzo hasta junio. Es una obra que construimos juntos con el Museo Picasso de París y el Museo Nacional de Artes Visuales. El director del museo de París, Laurent Le Bon, piensa el arte de una manera abierta y que el museo tiene que hacer viajar sus obras, que son recibidas por el director de Artes Visuales, Enrique Aguerre.

¿La obra imperdible? Hay que verlas. Como en una novela policíaca, si cuento el final no tiene sentido.

¿Cuál es su sueño? Mi sueño sería tener una retrospectiva de un gran modisto en el Museo de Artes Decorativas.

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