Flan, queremos flan

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Nº1985 - al de Septiembre de 2018
por Carlos Ramela

A todos los uruguayos nos debe doler y preocupar la situación que vive la República Argentina. No solo porque es un país hermano y vecino, con el cual tenemos intensas vinculaciones de todo tipo, sino porque la suerte de ese país siempre ha condicionado o al menos determinado, de alguna medida, la suerte de nuestro propio país.

Aun cuando parezca extraño, en función de la riqueza innegable que tiene ese país en muchos sentidos, lo cierto e inexorable es que hace muchos años, quizás cerca de setenta, los argentinos viven de crisis en crisis y sin encontrar el rumbo. Se suceden los tiempos y los gobiernos, pero nada parece cambiar; lo único constante y evidente es que gastan y siguen gastando por encima de sus posibilidades reales, alimentando sucesivos déficits que, a corto o mediano plazo, terminan por explotar y generar el desastre.

En la oportunidad actual es el gobierno de Mauricio Macri quien enfrenta la tormenta perfecta, que incluye una importante devaluación, empuje inflacionario, baja de actividad y aumento del déficit y de la deuda externa. Como sucede tradicionalmente en la Argentina, en la medida en que sus ciudadanos son bastante cambiantes y exitistas, quien hace menos de un año ganó con cierto aire las elecciones legislativas que se dieron en la mitad de su mandato y gozaba de una buena popularidad alimentada por dos años de prometedora gestión, resulta ser ahora el villano de turno, recibiendo implacables críticas y siendo señalado, hasta por algunos medios que mucho lo apoyaron en su momento, como el principal responsable de la situación que enfrenta ese país. Se suceden protestas, marchas, paros y movilizaciones de todo tipo, reclamando menos ajuste y más beneficios, dando a entender, de alguna forma, que el gobierno argentino actúa en forma caprichosa y antojadiza, adoptando siempre, en forma mezquina y egoísta, la peor de todas las opciones a su alcance.

Pocos miran ahora para atrás o se preguntan qué pasó antes y cómo se llegó a esta situación. Nadie quiere la crisis y todos quieren soluciones inmediatas, que además sean incruentas y no demasiado radicales. Como pasa frecuentemente con los argentinos, es todo o nada. El video del humorista y actor argentino Casero, con su ya famoso reportaje en el que clama por “flan, queremos flan” para reflejar la realidad argentina, es el análisis político más agudo y que mejor refleja la situación actual.

No creo que se pueda negar que es muy posible que Macri haya cometido errores de diverso tipo y que, por ejemplo, su estrategia gradualista haya fracasado ante malas estimaciones o cambios en las condiciones externas y climáticas sobre las que centró sus proyecciones. También es muy posible que él y su equipo hayan carecido de la aptitud necesaria para transmitir credibilidad y liderazgo en los peores momentos de la crisis. Quizás otras cuantas responsabilidades más se le puedan achacar, pero lo que parece indiscutible, más allá de cuál sea la respuesta que se prefiera con relación a las supuestos referidos, es que nadie que pretenda un análisis serio y veraz puede soslayar, con un mínimo de sentido común y honestidad, que el actual presidente de los argentinos recibió un país desfondado y esquilmado, literalmente saqueado y destrozado por los Kirchner. Si bien en Argentina existen antecedentes muy peculiares al respecto, parece difícil que exista un mejor ejemplo de despilfarro y de destrucción sistemática de todos los sectores productivos y de servicios de un país, así como de una corrupción galopante y del accionar claro de una asociación para delinquir, como el que se vivió en la Argentina durante los 12 años K. Nadie puede negar, aun cuando Macri quizás no haya sido lo suficientemente claro al momento de asumir, que se le entregó un país arrasado, sin estadísticas y números claros, con un agujero o una bomba enorme debajo de cada tema, que estaba ­—inexorablemente— al borde del precipicio.

También sus medidas anunciadas el lunes 3 han sido duramente criticadas. Unos dicen ­—puede ser— que llegan tarde; otros dicen —puede ser también— que traicionan parte de sus promesas de campaña. Lo que parece indudable es que, al margen de todo ello, no son muchas las opciones que existen para enderezar ese barco y que el presidente argentino fue muy claro al señalar que no le gustan las medidas que estaba anunciando pero que lo hacía en el marco de excepción que están padeciendo y con sentido transitorio —sujetas a término—, para que de alguna forma, considerando que en el corto plazo la devaluación golpeará gravemente a quienes dependen de ingresos fijos en pesos (jubilados y asalariados), también aporten su parte quienes por exportar bienes en dólares han tenido, en las últimas semanas, un aumento considerable de sus ingresos. No son soluciones perfectas ni para durar mucho tiempo, pero la emergencia es grande —enorme— y hay que apretarse el cinturón.

De este lado del río varios voceros oficialistas, admitiendo su preocupación, alegan de todas formas que el país está preparado para capear el temporal, mientras analistas de la oposición e independientes, con una visión que parece más realista, coinciden en señalar que la crisis argentina afectará la venta de bienes, la inversión y el turismo, que no se cumplirán las previsiones de crecimiento de nuestra economía informadas por el gobierno para este año y el próximo y que no se puede descartar, lamentablemente, algún período de recesión. Con este cuadro por delante, asumiendo que la Rendición de Cuentas que se encuentra a consideración del Parlamento se sustenta sobre proyecciones que muchos consideraron, ya en su momento, que eran de dudoso cumplimiento, habría que analizar si no es el momento de evaluar algunos cambios y plantear —razonablemente— algún ajuste que nos cubra de un tsunami que pocos esperaban. Sería lo razonable, pero dudo que nuestro debilitado gobierno se anime a semejante desafío.

Como si fuera poco, una vez más, quienes nada dicen ante las violaciones atroces a los derechos humanos que ocurren en Venezuela y Cuba, ni nada han creído oportuno señalar ante la inflación del 1.000.000% anual que se proyecta para este año en Venezuela o ante el hambre y la desesperación que impulsa a sus ciudadanos a emigrar con cualquier rumbo, parece que recuperaron el habla y decidieron pronunciarse. Este sábado, el Plenario del Frente Amplio emitió un comunicado para señalar “su preocupación por el agravamiento de la crisis social y el rechazo del nuevo ajuste económico y el desmantelamiento de los derechos de los trabajadores y trabajadoras en la República Argentina...”, para concluir “que este modelo que ha contado y aún cuenta con entusiastas apoyos en la oposición uruguaya se ha agotado y ha llevado al hambre y la miseria de muchos argentinos”.

Quizás sea bueno preguntarles dónde estaban o por qué nada dijeron cuando los K desvalijaron la Argentina y destruyeron su economía. O por qué callaron antes y hablan ahora. Parece claro que esta vez les será difícil invocar el principio de “no injerencia” que han esgrimido en otras oportunidades, salvo que terminen por aceptar, finalmente, que ese principio solo lo aplican para cobijar a sus compañeros de ruta ideológicos, a quienes, sin pudor alguno, les toleran —en silencio— sus desastres y sus actos de corrupción.

Dentro de algunos años, sin duda, los votantes de esta resolución, compañeros de ruta de los corruptos K, gritarán esta consigna: “Flan, queremos flan”.

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