Favoreciendo el tránsito intestinal

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Nº1985 - al de Septiembre de 2018
por Fernando Santullo

Con el estreno de El Pepe, una vida suprema en el Festival de Venecia, me dio por leer un poco al respecto. Hasta el momento, lo confieso, aun tras largos años de cháchara colectiva al respecto, no me había interesado mucho el asunto. Por regla general, las películas sobre expresidentes me parecen aburridas, fláccidas. Me cansa la sola idea de, además de haber tenido que vivirlos durante su período al frente del gobierno, tener que verlos en una ficción que suele ser más o menos edulcorada. O en un panegírico que les hace la ola.

Cierto, la cháchara colectiva sobre esta película en particular se ha centrado en comentar que era la fascinación que Emir Kusturica sentía por la figura de José Mujica lo que estaba detrás del proceso. Eso y que el título amagara a parecerse al de alguna de las películas crepusculares de Arnold Schwarzenegger, era materia suficiente para no darle pelota a lo que, prejuicioso como soy, tenía toda la pinta de ser una apología cursi.

Así, tras leer que en Venecia Kusturica aseguró que en el futuro Mujica inspiraría a más gente que Fidel Castro, me dio por leer un poco sobre la génesis del asunto. Y es que eso me parece bueno: siempre es mejor tener gente inspirada por quien llega al gobierno de manera democrática tras cambiar aunque sea un poco su punto de vista, a tener gente que ensaye dictaduras eternas en islas que consideran su coto privado de caza.

Googleando, encontré una entrevista de 2013 en donde Julián Kanarek, uno de los autores de la idea junto a Andrés Copelmayer y Marcelo Carrasco, explicaba el origen del filme: “Es una conjunción de una idea que surge de tres compañeros uruguayos que trabajamos junto al ministro de Transporte y Obras Públicas y un interés especial de Kusturica por América Latina, sus gobernantes y sobre todo por el Pepe. Cuando Mujica empezó a ser noticia a nivel mundial… se hacía evidente la atención que él despierta y la oportunidad que eso genera de transmitir el tipo de cosas que Pepe está diciendo así como la coherencia en su accionar, lo que sustenta y potencia la llegada de su discurso”.

Haciendo un par de clics extra, pude saber que los “tres compañeros” eran el director de la agencia de publicidad que trabajaba para el Ministerio de Transporte y Obras Públicas (MTOP), el jefe de Gabinete del MTOP y otro funcionario del MTOP en aquel entonces. Todos ellos activos militantes del Frente Amplio. Por cierto, haciendo un clic más descubro una nota de La Nación en donde dice sobre Kusturica: “Cuando le propusieron hacer la película preguntó quién era Mujica” y luego se informó sobre él en Internet. Buenísimo.

Buscando de manera más o menos random, leo notas que señalan que Amen S.A., la agencia que dirige Kanarek junto a otras personas, fue contratada de manera directa por el Estado entre 2015 y 2018. También que el exjefe de Gabinete del MTOP, Copelmayer, sonó en 2016 para hacerse cargo de la dirección de Limpieza de la Intendencia de Montevideo, bajo el mandato de Daniel Martínez. No se puede decir que les esté yendo mal después de haber plantado su idea.

La búsqueda me sirve para darme cuenta de que me encuentro ante un grupo de vendedores profesionales, de gente que ha logrado conjugar su militancia con una carrera profesional. Así que me intereso por conocer sus motivos, al menos los motivos que declaran, para meterse en el asunto de la peli. Kanarek explicaba en 2013: “Todo nació hace casi un año, después de que el presidente cobrara una repercusión mediática internacional tan grande como la que tuvo a partir del discurso que dio en Río. Allí habló de temas universales y cambió un poco el eje de los discursos que se dan en este tipo de eventos. Al ver la llegada que tiene Mujica nos dimos cuenta de que hay un espacio para que más gente pueda escuchar este tipo de mensajes.”

Confirmo, por si tenía alguna duda, que la película es, más allá de su eventual calidad artística, una pieza de marketing político. Que como toda pieza de marketing, necesita ser maquillada y vendida como algo ligeramente distinto a lo que es para así poder resultar efectiva a sus propósitos. Por poner un ejemplo: si estoy vendiendo yogur con fibra, no puedo decir “tómese dos de estos y va a cagar bárbaro”. Debo decir: “Este nuevo producto natural facilitará el tránsito intestinal, haciendo mejores sus mañanas. Y sus tardes” y ahí poner en el aviso a dos nenes saltándole encima a la sonriente madre que, se nota en su cara de alivio, acaba de volver del baño.

A lo que voy: es perfectamente razonable que unos señores que trabajan vendiendo cosas desde y para el poder, que han hecho una carrera siendo parte suya o jugando de su mano, se propongan realizar un producto que contribuya a perpetuar el statu quo que los colocó en el lugar donde se encuentran actualmente. O mejor dicho, en donde se encuentran desde hace ya unos cuantos años. Sí es más objetable que justo uno de los señores sea el dueño de una empresa que ha recibido adjudicaciones directas del Estado, justo después de arrancar con su “idea” sobre Mujica y Kusturica (joder, si hasta rima). En todo caso, sería genial si a alguien le diera por desarrollar al respecto, aunque eso poco tiene que ver con esta columna.

Mucho menos objetable me parece que a través de una pieza publicitaria se vendan ideas, eso es algo que hacen todos los partidos y todos los actores políticos. Con un matiz: cuando en la arena política se venden ideas, se las asume como tales aunque se las intente vender con toda clase de pátinas que las hagan más viables. En este caso, la estrategia parece haber sido la de divorciar lo más posible la idea del producto. Hasta donde logro ver, el filme de Kusturica no parece el resultado de un interés genuino del director por el viejo líder guerrillero que llegó a presidente, de quien parece (al menos según La Nación) no tenía demasiada noticia hasta poco antes de empezar su filme sobre él. Al revés, según leo son los autores de la “idea” los principales interesados en difundir “el tipo de discurso humanista y fuertemente basado en valores que maneja el presidente Mujica en cada una de sus intervenciones públicas.”

Que nadie lo dude, Kusturica es un director interesante que conoce su oficio y que tiene un puñado de buenas películas en su haber, así que El Pepe, una vida suprema puede hasta ser un buen filme (el título sigue sin ser especialmente alentador pero bueh). Pero, que nadie lo dude tampoco, no hay nada de espontáneo en esta jugada de marketing político. Un marketing que, para poder hacer efectivo lo que intenta transmitir, necesita propagar que las ideas que vende, ese yogur con fibra, son atractivas aunque ningún jerarca estatal o director de agencia de publicidad se dedique a empujarlas.

Así que las cosas claras: cuando Kusturica declara a los cuatro vientos que “lo de Mujica no es una pose” hay que entenderlo exactamente como lo que es: un señor vendiendo su producto. Un producto pensado, diseñado y empujado desde el corazón de la militancia política. Esa que está imbricada en el aparato estatal y que aparentemente dispone de tiempo de sobra para, además de hacer su laburo de servidor público, crear yogures que ayudan a ir al baño. Aunque después los venda como el no va más del arte y la espontaneidad.

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