El vaso medio lleno

5min
Nº1986 - al de Septiembre de 2018
por Amadeo Ottati

No obstante los varios días transcurridos, no me resisto a efectuar algunas consideraciones respecto al reciente partido disputado entre los representativos de Uruguay y México en la ciudad de Houston. Aunque haya sido un simple cotejo amistoso.

En principio, no es común que una selección uruguaya, en cualquiera de las categorías, gane marcando cuatro goles. Es que si algo ha caracterizado al fútbol uruguayo es que cuando ha ganado —y ello ha sido una disfrutable costumbre a lo largo de su rica historia— lo ha hecho sin mayor contundencia; acaso solo la necesaria para dejar por el camino a sus rivales de turno. Ganar, pero sufriendo hasta el último minuto y apenas con lo justo, ha sido casi un sello definitorio de nuestro propio estilo de juego, al punto de que las victorias por goleada son una rara, aunque disfrutable excepción (siempre se recuerdan el 8 a 0 frente a Bolivia, en el debut del hazañoso Campeonato Mundial de 1950, o la goleada 7 a 0 a Escocia, en el de Suiza, cuatro años después).

Hecha esta precisión inicial, este último triunfo (frente a una selección que es de las pocas que ostentan un saldo favorable en sus choques con la nuestra) es ciertamente disfrutable. Especialmente, en cuanto —según ya fuera dicho— este partido marcaba el reinicio de nuestro precedente y exitoso proceso de selecciones nacionales, apuntando a algunas citas importantes de futuro, entre ellas la Copa América del año próximo en Brasil. Con el detalle singularísimo de que esta vez —por las causas de sobra conocidas— la escuadra celeste no pudo ser dirigida por el Maestro Tabárez, su orientador exclusivo de siempre.

En tales circunstancias, ganar —y con mucha luz— como ocurrió en dicho partido es algo muy valorable. Sin embargo, me permito disentir con la opinión (mayoritaria, según pude comprobar) que ha echado las campanas al vuelo, exagerando las virtudes del trabajo cumplido por nuestra selección, que las hubo, sin reparar en algunas circunstancias previas al partido, y otras ocurridas durante su desarrollo, cuya valoración quedó disimulada por la generosa amplitud del resultado final.

En cuanto a lo primero, es claro que hubo una diferencia sustancial en el modo como un equipo y otro encararon este partido. Mientras Uruguay, lógicamente, pretendió darle continuidad a un trabajo que le había permitido obtener una honrosa ubicación en el reciente Mundial de Rusia, manteniendo —pese al obligado cambio en su conducción— la base del equipo que allí actuara, con solo dos o tres variantes, por el contrario, el técnico azteca optó por una alineación totalmente renovada, apenas con un puñado de sobrevivientes de aquel torneo y una amplia mayoría de futbolistas jóvenes que hacían sus primeras armas en la selección. Aspecto este, que no puede ignorarse o menospreciar al valorar la abultada victoria celeste.

En cuanto al partido en sí, el mérito superlativo de nuestra oncena fue la contundencia para aprovechar al máximo las oportunidades de gol que se le presentaron, y ello en momentos claves del partido. Adicionalmente, desplegar el repertorio que mejor le calza, sacando un rédito mayúsculo a jugadas de pelota quieta, al punto de que tres de los cuatro goles llegaron por esa vía.

Los primeros minutos mostraron al bisoño rival con la iniciativa en ofensiva, generando zozobras a la defensa celeste, obligando incluso a Muslera a la primera de sus muchas brillantes atajadas a lo largo de la noche. Pero cuando el rival más arreciaba, un tiro de esquina bien ejecutado por Urretaviscaya permitió que, como otras veces, Giménez abriera el tanteador con un gran golpe de cabeza, cuando nuestro equipo no había hecho méritos para ello. Sin embargo, la alegría duró apenas tres minutos, pues luego de un penal de Bentancur México llegó al empate. Esa transitoria paridad auguraba un trámite más parejo, pero entonces apareció en escena quien habría de ser el gran protagonista de la noche, y Luis Suárez pudo hacer lo que en su club Barcelona Messi no le permite y anotar con un espléndido tiro libre, el gol que volvía a adelantar a nuestro equipo. Y, poco después, un penal también generado por nuestro goleador y ejecutado por este, al mejor estilo del Loco Abreu, sellaba anticipadamente (cuando restaba aún un tiempo por jugar) la suerte final del partido.

Lo dicho líneas arriba: aunque, en línea generales, había sido un partido parejo —quizás, hasta con un leve predominio del equipo mexicano por su mejor trato del balón y mayor ambición ofensiva— la primera mitad concluía con una ventaja clara del elenco, ahora dirigido por Fabián Coito, con tres goles convertidos en momentos estratégicos del partido. El segundo tiempo —con muchos cambios en el rival y no tantos en el nuestro— solo sirvió para que Suárez mostrara toda su clase con un genial pase “de rabona”, que Pereiro cabeceó al fondo de la red; para algunos minutos en cancha del juvenil Valverde y para que Muslera se rehabilitara de algunas deslucidas actuaciones anteriores con una serie de espectaculares atajadas, incluido un penal que detuvo en gran forma.

¿Fue justa la imposición de nuestra selección? Sí, sin duda, aunque exagerada en el tanteador final. ¿Hubo aspectos positivos? Sí, por cierto. Coito se afilió al toque prolijo del balón por nuestros volantes en la mitad del terreno —ya insinuado por Tabárez en los últimos cotejos del Mundial— mayormente en el segundo tiempo, al amparo de la ya indescontable diferencia en el tanteador. Sin embargo, a veces costó recuperar la pelota en esa zona y volvió a ser escasa la proyección ofensiva, y el consiguiente abastecimiento a Luis Suárez, quien —una vez más— tuvo que valerse por sí solo, con su gama exuberante de recursos, para dejar su marca indeleble en la última zona del rival. Para destacar la auspiciosa aparición de Pereiro y destellos de Urretaviscaya, como para convertirse, de futuro, en un buen acompañante de nuestra tradicional dupla goleadora.

Pero donde se registraron los mayores problemas fue, sorprendentemente, en la siempre segura última zona defensiva, como lo demuestra el hecho de que Muslera tuvo no menos de cinco salvadas providenciales (penal incluido). Y cuando el golero es el mejor de la cancha —mérito compartido con Suárez— ello es prueba irrefutable de que algo no ha funcionado bien en los futbolistas que actuaron delante suyo.

En suma: rescato la imagen positiva del vaso “medio lleno”, aunque persisten algunas cosas por corregir (y ¡qué útil, a tales efectos, hubiera sido completar esta doble fecha FIFA, con un partido más!). Lo más importante, empero, es que estamos en el buen camino y que parece consolidarse la tan ansiada renovación del plantel. Aunque para ello es imperioso resolver cuanto antes la continuidad del Maestro Tabárez al frente del proceso de selecciones.

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