El huevo de la serpiente: tejido urbano y oportunidades vitales

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Nº1990 - al de Octubre de 2018
por Rodrigo Arim

Es un lugar común afirmar que las políticas públicas construyen tejido social a partir de su incidencia, por acción u omisión, en la distribución de la población en el territorio. El desarrollo de las ciudades presenta ribetes diferenciados en función de las políticas municipales o nacionales de movilidad, acceso a bienes públicos y normativas propias de la construcción con fines residenciales.

Uno de los ámbitos privilegiados de interacción y construcción de redes sociales es el lugar de residencia. Cómo y con quiénes se vinculan las personas son factores importantes en la adquisición de información, pautas culturales, normas de convivencia y en la valoración de objetivos. Las políticas de vivienda no son solo un instrumento a través del cual asegurar un hábitat digno, son también un canal que condiciona las características de las oportunidades que enfrentan los ciudadanos, en particular durante la infancia, adolescencia y juventud.

La crónica roja uruguaya ha puesto de manifiesto la problemática, aunque la tragedia humana quede oculta detrás de enfoques inmediatistas o sensacionalistas. Son el resultado de políticas públicas diseñadas y ejecutadas hace décadas. Algunos ingredientes son comunes a estos procesos: viviendas transitorias o evolutivas que se convierten en permanentes, complejos de viviendas construidos como soluciones habitacionales de ciudadanos en situación de extrema vulnerabilidad social, provisión de servicios públicos de peor calidad, utilización del espacio para realojar a nuevas poblaciones vulnerables.

Las respuestas de política ante la precariedad habitacional han sido, muchas veces, construir espacios urbanos segregados. Es el origen de los Palomares de Casavalle a comienzos de los 70 y es el mismo patrón que llevó al realojo de quienes habitaban los conventillos de Ansina y Mediomundo a varios kilómetros de Palermo y Barrio Sur, para señalar dos ejemplos claros. Incluso en los casos en que la solución habitacional es de mejor calidad, las consideraciones sobre el efecto en la integración social han estado más bien ausentes.

No obstante, el barrio de pertenencia como factor determinante de la trayectoria vital es un área de discusión en la investigación social, donde conviven visiones más deterministas con otras que consideran que hay características previas de las familias que explican las decisiones de radicación y, por lo tanto, también los desempeños personales. Obtener respuestas definitivas es una tarea compleja, tanto porque implica contar con información de muy largo plazo, que siga a las personas desde la infancia hasta la adultez, como porque es necesario aislar el efecto específico de crecer y construir vínculos sociales en un territorio de otros factores que también pueden explicar resultados personales críticos.

Una investigación reciente sobre Chicago arroja nueva luz, simultáneamente, sobre la importancia de crecer en espacios urbanos más diversos y del efecto patológico de políticas de vivienda centradas en construir barrios pobres para pobres (1). A comienzos de la década de los 90, casi el 5% de la población de Chicago habitaba viviendas gestionadas desde el Estado. En particular, la autoridad pública era propietaria de 17 desarrollos inmobiliarios, conocidos como “los proyectos”, integrados por un conjunto de edificios de porte, cada uno de los cuales albergaba entre 75 y 150 familias. Eran elegibles para ocupar los apartamentos hogares de bajos ingresos, quienes debían postular como beneficiarios y esperar, muchas veces años, a que el Estado les ofreciera una vivienda. La conformación del nuevo espacio urbano nace segregado.

Construidos entre fines de los años 50 y la década de los 60, estos edificios presentaban un deterioro estructural, producto de problemas endémicos de mantenimiento y una construcción original con bajos estándares de calidad. A comienzos de la década de los 90, la autoridad que administraba la política se plantea comenzar un proceso de demolición y realojamiento de sus habitantes. Sin embargo, la política de realojamiento no implicó la construcción de nuevos complejos. Se brindó un subsidio permanente a los hogares cuyo apartamento era demolido para acceder a una nueva vivienda bajo el formato de alquiler, de forma tal que ellos eligieran su nuevo hábitat. A su vez, la demolición fue selectiva, afectando solo a una fracción de los edificios pertenecientes a los complejos.

A partir de la comparación de la evolución de los niños y jóvenes pertenecientes a familias que migraron hacia barrios menos pobres y más diversos con aquellos que tuvieron que permanecer en los complejos dado que su vivienda no fue demolida, Eric Chyn (Universidad de Virginia) encuentra que los niños que crecen en nuevos barrios obtienen resultados sensiblemente mejores en el mercado de trabajo cuando llegan a la adultez. A la misma edad, la probabilidad de tener empleo y el nivel de salarios son más altos. También se encuentran menos expuestos a involucrarse en situaciones reñidas con la ley y dependen menos de las políticas asistenciales. Los efectos son significativos tanto para niños como para adolescentes, lo que indica que los beneficios de contextos más amplios y diversos no son solo para la primera infancia.

Esta evidencia constituye una alerta contra riesgos en el diseño de las políticas públicas. En primer lugar, la generación de complejos habitacionales como solución exclusiva para las familias pobres puede tender a generar mecanismos de segregación, cuya expresión en términos de rupturas sociales no es inmediata. La génesis de la exclusión social y la segregación se ubica, muchas veces, en las respuestas que desde el Estado se han elaborado desde hace décadas. La vivienda no puede ser concebida como una entidad aislada, centrada en sí misma. En segundo lugar, en un Uruguay donde muchas estadísticas sociales han registrado una evolución muy favorable, avanzar en lógicas de cohesión social requiere ubicar las políticas habitacionales y urbanas en el centro de una nueva generación de políticas sociales. Proveer servicios públicos de calidad es parte de la respuesta, pero los diseños no deben hacer abstracción de la necesidad de promover la diversidad en los espacios de convivencia públicos e institucionales.

1 Chyn, Eric (2018) Moved to Opportunity: The Long-Run Effects of Public Housing Demolition on Children. American Economic Review 2018, 108(10)

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