Levón actúa en el Solís y dirige en El Galpón. Foto: Nicolás Der Agopián

Levón protagoniza Tartufo, por primera vez en sus 45 años de carrera

“El actor vive en un juego de vanidad”

11min
Nº1990 - al de Octubre de 2018
entrevista de Javier Alfonso

Ha pasado 42 de sus 68 años de edad en el elenco de la Comedia Nacional. Ha interpretado más de un centenar de personajes y ha dirigido siete obras con el elenco montevideano y otro tanto en el ruedo independiente. Ahora es el protagonista de Tartufo, en la versión de la española Natalia Menéndez, estrenada en el Solís para celebrar el 71º aniversario de la compañía. En agosto estrenó La ronda, de Arthur Schnitzler, en El Galpón, elenco con el que el año pasado actuó en Arturo Ui. Con un criterio de practicidad, Levón Burunsuzian Kodjaian omite sus dos apellidos armenios en su carrera artística. Ha sido y es Levón, a secas, incluso cuando debió tomar el timón de la institución, en medio de alguna tempestad. Su talento en escena, su fervor como docente en la EMAD, donde formó legiones de intérpretes y su capacidad de liderazgo humano lo han situado como el máximo referente del plantel actual. De eso y de otros asuntos charló con Búsqueda.

—¿Cómo fue la génesis de este Tartufo?

—Tartufo es el gran actor. Pasa por todos los matices. Es un espejo que nos pone Molière, son todos los lugares de reconocimiento en los que uno pensó, imaginó o soñó. Y es interesante que Tartufo tiene éxito en su engaño porque existe un Orgón, que es el engañado. Mientras haya Orgones o esas personas con esa, no sé si llamarle inocencia, estado de credulidad o ganas de vender el alma, habrá Tartufos. Ha habido regímenes totalitarios sustentados por el endiosamiento de una persona con esas artes de seducción y de manipulación. Se precisa alguien que acepte esas estrategias de poder.

—Es la primera vez que lo hace, pero a este personaje lo conoce desde hace mucho…

—Creo que en uno de los primeros libros de teatro que leí, de Louis Jouvet, por supuesto gracias a Nelly Goitiño, aprendí que Tartufo es el gran farsante. Está todo el tiempo cambiando, se escurre, puede ser encantador, y ahí está el riesgo de hacerlo. Leí mucho respecto a Tartufo y el espectador. Si está bien hecha, el espectador no solo ve al actor y al personaje: ve a un hombre en esa circunstancia. Y en este caso creo que se logró. Esto no lo digo por humildad sino por pura vanidad. Porque si bien alguien puede aceptar o dejarse dominar, nadie es tan crédulo. Son misteriosos esos hilos, porque uno puede darse cuenta cuando es engañado y aceptar dejarse engañar o salir corriendo. Pero hay veces en que creemos todo.

—Dijo por pura vanidad y no es frecuente que se hable de ella. ¿La vanidad es importante para usted?

—Muy importante. Y la mía está muy desarrollada. Me gusta investigar por ese lado. Para mí es un placer la vanidad, en el sentido de sentir los límites y el riesgo que ella supone, porque ahí aparece un regusto que no es del todo sano. Lo bueno es ser consciente de la vanidad, porque no somos ajenos a nosotros mismos. A mí me conmueven los crímenes aberrantes, pero… ¿quién está a salvo de un crimen pasional en el juego de la pasión, si tenés un arma a mano? Nadie. Siempre está latente esa posibilidad de que uno se olvide de todo, y por puro impulso… no sabés dónde podés llegar. Decís ¡basta! y después… no sé qué se hace, porque la violencia desatada es irrefrenable. Tomar conciencia de eso debe ser terrible. Entonces, debo cuidar que esa vanidad no se convierta en soberbia, porque eso sería caer en el enceguecimiento. El actor vive en un juego de vanidad. Estar mirándose en el espejo y no caer en el agua, por más que te llame Narciso.

—Vayamos a los años 60. ¿Qué quedó del Levón futbolista?

—Mi padre era almacenero y mi madre modista. Yo jugaba al fútbol. Y un día vino al almacén un vecino a buscarme para llevarme a practicar a Nacional, mi cuadro. Yo quería pero mi madre dijo: “¿Cómo? No”. Ella quería un médico, y lo que una madre armenia dice, es difícil de contradecir. 

—¿Era golero, no?

—(Hace una pausa, pone seria la mirada y habla grave) Yo soy golero (ríe). Tenía unos reflejos bárbaros. Le llegué a escribir una carta a Lev Yashin para saber cómo hacía para ser la Araña Negra. Jugué hasta los 18 años. También jugué mucho básquetbol, al que debo algún dedo torcido. El deporte moldeó mi físico, sin dudas, y mantuve la costumbre de hacer gimnasia.

—¿Y cómo entró el teatro?

—A escondidas. Porque las madres armenias son tremendas. Cuando hablan de las madres judías es porque no conocen a las madres armenias. Supongo que tendría que ver la guerra de la que venían. Empecé a venir a la EMAD sin decir nada. Cuando se enteró ya era tarde. Creo que pidió un médico de urgencia (ríe). 

—Otro rasgo de su carrera es la cantidad de curas que hizo...


—(Hace una pausa y ríe) Fui 11 años a un colegio de curas. Y seguramente me quedó algo de eso en mi forma de moverme o de hablar. Bueno, el teatro también es un ritual. Me gusta cumplir con los ritos de la preparación de ensayos y funciones. Cuando los curas en la misa hacían la consagración del cáliz, todos agachaban la cabeza y yo miraba de reojo. Pecaba como loco y después me confesaba (ríe). Ese juego misterioso lo sigo viendo acá. Ese momento en que uno busca... bueno, Roberto Jones. ¿Cómo se puede hacer Borges sino tocando la transustanciación de esa manera? Eso es un monstruo. Es un grande como Estela Medina. Tocan lugares… Sin que se vean hilos. ¿Cómo hace eso? Siempre quisimos hacer algo juntos y estuvimos a punto, pero no se dio. 

—Sueña con Hamlet y en dos años se va de la Comedia por el tope de edad (70 años). ¿Quizá lo logre afuera?

—Sí, tengo que romper con este cordón umbilical. No voy a pedir prórroga, creo que me iré antes de llegar al plazo. ¿Pero quién me va a llamar para hacer Hamlet? No creo que mi edad sea un problema para dar con el rol, porque es un personaje que lo trasciende todo. Obvio que no estoy para hacer un Romeo, pero Hamlet... es fascinante. Kaspar tiene algo de esos infiernos, es un maldito también. 

—Los actores dicen que tiene algo de duende, hasta por su forma de hablar extraña. ¿Los taxistas preguntan de qué país proviene?

—(Ríe) Me preguntan eso, sí. No me doy cuenta de que hablo raro. Una vez me dijeron que cuando hablo parece que estoy actuando. Entonces saqué un as de la baraja y le dije un poema de Juan Ramón Jiménez que me encanta, Yo no soy yo.

—¿A ver?

—Yo no soy yo/ soy este/ que va a mi lado sin yo verlo/ Que, a veces, voy a ver/ Y que a veces olvido/ El que calla, sereno, cuando hablo/ El que perdona, dulce, cuando odio/ El que pasea por donde no estoy/ El que quedará en pie cuando yo muera.

—¿Quizá esa extrañeza se deba a su vida de monje del teatro, de las 8 de la mañana a las 10 de la noche entre la EMAD y la Comedia?   

—¡Más de las 10! (Ríe) No tengo días. Me dicen: “¿No ves Netflix?”. Sí, en diciembre. Lo tengo hace cuatro años y solo vi Downtown Abbey y The Crown.

—Sale de licencia y desayuna en el Solís...

—Sí, o voy a trabajar con Estela. Siempre estamos preparando algo.

—¿No viaja?    

—(Hace una pausa) No, no viajo. Es que... claro, no... acá... no, no. Es horrible, ¿no? (ríe).

—Está consagrado...

—Sí, pero no debe ser algo muy interesante. 

—Incluso algunos lo definen como el líder espiritual de la Comedia, por haber estado siempre ahí, al firme, cuando las castañas quemaron, y por contagiar ganas de trabajar...

—Bueno, no es tan así. En esos momentos mis compañeros depositaron en mí mucha confianza y entrega. Uno no puede exigir desde esos lugares algo que no se exige a sí mismo. Eso de líder espiritual, no sé. Sí sé que tengo energía y que me alcanza. También soy insufrible, y me lo dicen. 

—¿Por ejemplo?

—En la puntualidad soy insoportable. Con los celulares también. ¿Cómo estás tomando mate en el ensayo? ¿El sacerdote tiene conciencia del templo que pisa y el actor no? ¿Cómo podés tomar mate en tu lugar de trabajo? No se puede tolerar en un ensayo este juego del fff-fff (hace el ruido de la bombilla). ¿Uno se está rompiendo el alma y yo estoy haciendo así (pone cara de tomar mate)? ¡No! Una vez estaba Vidal trabajando con Bolani. No era para cualquiera meterse en el mundo de esos dos. Y en la sala otro estaba leyendo un libro. Entonces lo agarré: “Decime una cosa, está Héctor dirigiendo a un gran actor como Jorge, están hablando del personaje. ¡Es la mejor clase que podés tener!”.

—Volvamos al presente. ¿Deseaba mucho hacer Tartufo?

—Si hay un personaje que sueño y seguiré soñando, porque no me va a ser dado, es Hamlet. Ese es el personaje. Tartufo encierra muchas de las características de grandes personajes. Ricardo III también, como la escena con Lady Ann con ese tránsito para llevarla a la cama luego de que ella le ha escupido la cara. Es estremecedor cómo esos personajes pueden borrar todo lo otro. Lo más tremendo es que esos personajes existen en la realidad. Y Natalia Menéndez fue muy inteligente porque nos manejó muy bien. Todos los intérpretes somos seductores, todos queremos ir a lugares cómodos en la actuación, más allá de lo que digamos.

—La puesta logra sustraer para dejar lo esencial. No hay mobiliario ni utilería, solo una escalera y los actores pelados. ¿Cómo fue el trabajo con ella?

—Quedó el autor. Lo esencial en esta obra es Molière. Fue un trabajo de extremo rigor y profundo amor por este oficio, demostrado en la pasión jugada en la pura acción, en la provocación en el mejor sentido. En mi caso, en la exigencia de contener, contener y contener. Ella estimuló la búsqueda del misterio, el rechazo y el encantamiento que Tartufo provoca. Los claros objetivos de la dirección, su estudio y su comprensión de la obra determinó una clara individuación de los personajes, cosa por la que yo lucho y trabajo día a día con los estudiantes de la EMAD. A lo largo de la vida uno va recogiendo referencias y sé que físicamente puedo transmitir algo, pero siempre busco una forma expresiva nueva porque es muy peligroso mecanizar. Salgo corriendo de ahí.

—Es un apasionado por la docencia…

—Me gusta cuando me están enseñando y compartir mi experiencia. La pasión tiene que estar siempre, en cada clase o ensayo. No puedo salir indemne. Tengo que llevarme elementos nuevos. De furia, de dolor o de placer. No puedo perder un ensayo. El teatro es emoción, disposición y confianza. Más allá de que también existe la discusión, porque un actor no es un ser pasivo. Pone su carne y sus sentidos en la escena. Uno crece acá y debe cuidar algo fundamental, que es la salud, y no hablo de gripes sino de confianza. Ese estado que te permite resistir embates amorosos o de cualquier cosa. Debemos cuidarnos, porque somos muy delicados, más de lo que creemos. En los ensayos puede haber una mirada, un comentario… A veces somos muy duros con nosotros mismos. Este es un oficio que hiere si uno se deja herir. Pero tengo que estar agradecido por estar en esta institución. ¡Por favor! Veo artistas formidables afuera, rompiéndose el alma.

—¿Cómo ve el vínculo entre los escenarios y las pantallas en Uruguay? 

—Debería crecer porque es lo que sucede en el mundo. Héctor Manuel Vidal decía: “Con los intérpretes y técnicos que tenemos nos hemos salteado el cine”. Hay muchos actores de teatro apasionados del cine. Algunos han podido hacerlo, pero hay que tener gusto y mucha paciencia para hacer cine. Una vez me llamó Álvaro Buela y no nos pudimos poner de acuerdo por los horarios. En realidad nunca estuvo entre mis objetivos. Siempre estuve muy comprometido con la Comedia y la EMAD, que son muy absorbentes, dos madres terribles.

—¿Cuáles son sus ídolos del cine?

—Siempre me gustó Montgomery Cliff, una vida terrible la suya. Esa gente vivía en una exacerbación constante de su vida, al borde de la violencia. Salvo Paul Newman, que se cuidó muy bien. Un día leí que Cliff se sabía todo Hamlet de memoria. Después tuvo un accidente tremendo en el que se deformó su cara. Marlon Brando, James Dean, ufff… vidas muy intensas y provocadoras. Otro que me fascina es Harvey Keitel en Un maldito policía, Los duelistas y La lección de piano. Admiro esa capacidad de llegar a los infiernos y salir indemne, como el viaje de Orfeo. Me parece (piensa)… impresionante.

—Viene de estrenar La ronda, de Arthur Schnitzler, que logra llevar el erotismo a la escena con elegancia, lo que no es nada fácil...

—Es una obra que pide cuidar los ritmos y distensiones. Es difícil esa intimidad. La tenía en mente desde los 70, cuando Eduardo Schinca la tradujo, tocado por la famosa película. Es la traducción que usé. Tiene partes de un erotismo desbordante y el desafío era no apagar las luces. ¿Cómo ir a los infiernos y que se vea distinto? Puse los espejos no solo para que se reflejara la acción desde distintos planos, sino para que el espectador cada tanto se sorprendiera viéndose en ese lugar, en la intimidad. El tul me permitió poner un poco de distancia. Porque está todo muy expuesto en esa cercanía.

—Hay obras que marcan su carrera como Kaspar o Cuarteto, a dúo con Estela Medina..

—Todos mis trabajos me llevan a los directores. Esos son los grandes artífices. En Los caballos fue Jorge Curi, que se arriesgó con alguien que recién empezaba. En Kaspar se plasmó todo el poder de Nelly Goitiño, con el lenguaje de Peter Handke. En Cuarteto está la visión de Heiner Müller que propuso Eduardo Schinca. O ahora Menéndez con Tartufo. Son cuatro trabajos distintos, desde el abordaje, el trabajo físico, la voz, los tiempos, los juegos de perversión que a veces nos hacía jugar Schinca con Estela. Kaspar fue una evisceración de emociones. (Recita) He aprendido lo que era la nieve/ llegué a tocar la nieve/ cuando vi que la nieve era blanca. Hay cosas de Kaspar que son increíbles: El dolor ha borrado de mí la confusión. Handke es formidable: Yo soy… casualmente yo. Y Nelly lo jugaba a pleno. Eso está muy presente en mí. Uno de los más divertidos de hacer fue Falstaff en la unión de Enrique IV y Enrique V de Shakespeare, con la que Vidal se despidió de la Comedia. Me divertía mucho comer en escena.

—Es alguien muy cercano a Medina y viene de dirigirla en Poeta en Nueva York. ¿Cuál es el secreto de su vigencia, con dos obras en cartel a los 86 años?


—¿86 o 23? A eso me refiero con la salud. Debe ser duro mantener una trayectoria así. Como todos los grandes, tiene un gran costo personal. Estar a flor de piel implica renunciamientos poco conocidos. Goitiño hablaba de ser militantes en el arte. Algo de eso hay. Pienso en Nelly Antúnez, que también está en actividad, o Ademar Rubbo. Pero lo de Estela es la pasión. Siempre dice: “Bueno, aún tengo voz y el cuerpo me responde”. También, se rompe el alma entrenando. Hace gimnasia y ballet. Ahora, son herederos de una raza muy particular. Yo no la conocí a Margarita Xirgú, pero haber sobrevivido a esa señora los tiene que haber marcado a sangre y fuego.

—¿Cómo ve a la Comedia hacia el futuro?

—La veo fuerte. En el 2012 entraron muchos compañeros, hubo una gran renovación. Existe un compromiso fuerte en lo grupal. Antes eran muy fuertes los directores. No eran más que cuatro o cinco. Hoy todos tienen posibilidad de dirigir y eso provoca que todos estudien, se preparen y se comprometan. Pero hay que fortificar la individuación. Antes estaban muy definidas las características de cada actor y qué tipo de personajes eran para cada quien. Hoy no tanto. Yo me eduqué en el teatro con la presencia de maestros, les debo todo porque son referentes constantes en todo sentido y creo que hoy nos están faltando.

—Pero todos dicen que usted es hoy el referente…

—No creo. Pero bueno, la Comedia sigue buscando su identidad, para evitar el arrasamiento que todo lo iguala. Seguimos buscando y encontrando. Y cuando esté afuera estaré al firme en la platea viendo todo lo que hagan.

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