Facundo Arana vuelve a presentar Los puentes de Madison en el Teatro Metro junto a Araceli González, el viernes 5 y sábado 6 de octubre

“Contar historias es lo que más me gusta en el mundo”

8min
Nº1986 - al de Septiembre de 2018
Entrevista: Florencia Pujadas. Fotos: Leo Barizzoni

Las primeras impresiones pueden ser engañosas. Mientras camina por la recepción del Hotel Dazzler, Facundo Arana parece más un surfista que un galán de telenovela. Lleva unos jeans sueltos y una camisa oscura de manga corta con los primeros botones desabrochados que dejan ver los largos collares de cuero que cuelgan de su cuello. También usa varias pulseras con colmillos de animales y pequeños caracoles, como los que se venden en la playa en verano. Una apariencia atemporal que lo hace parecer como salido de una película de aventuras. Y la misma imagen se traduce en su cuenta de Instagram: el actor acostumbra subir videos sobre una tabla de surf o en una pista de esquí. Pero solo hace falta que empiece la entrevista para reconocer al seductor de traje que aparecía en Muñeca brava, en 1998, o al exitoso empresario de Sos mi vida, que interpretó ocho años más tarde. “Está bueno jugar con el papel de galán”, dice.

Arana, de 46 años, tiene una personalidad enérgica que puede resultar un poco avasallante. De mirada pícara, siempre está pendiente de los movimientos del otro. Es un gran contador de historias al que no le importa perder varios minutos en una anécdota. También puede estar horas hablando sobre el surf y el alpinismo con la misma pasión que le despierta el teatro. “Son mis grandes pasiones”, cuenta mientras mueve sus brazos como si estuviera en una obra. Por momentos parece, incluso, que se olvidara de que no está sobre un escenario.

Cuatro meses después de presentarse con esta misma obra en Montevideo, el actor regresa con la versión teatral del best-seller de Robert James Waller Los puentes de Madison (1992), llevado al cine por Clint Eastwood y Meryl Streep en 1995. La pieza de teatro, que protagoniza junto a Araceli Gónzalez, cuenta la historia de amor entre un ama de casa y un fotógrafo que se conocen por casualidad en un pequeño pueblo estadounidense. “Es un relato apasionante”, dice el actor, que estará el próximo viernes 5 y sábado 6 de octubre en el Teatro Metro.

Pasaron más de 20 años del éxito de Los puentes de Madison, pero muchos todavía recuerdan la historia de amor entre Robert (Clint Eastwood) y Francesca (Meryl Streep). ¿Se inspiró en la interpretación de la película para preparar su personaje? La verdad es que intenté olvidarme, al menos por un rato, de la película. Fue la primera vez en mi vida que tuve que pensar desde dónde me quería posicionar, porque todo el mundo conocía la historia por el libro, que fue un best-seller mundial, o por la versión de Clint Eastwood en el cine. No sabía cómo hacerlo, pero seguí los consejos del director, que propuso olvidarnos de las dos cosas por un tiempo. Nos centramos en el guion teatral y recién después de conocer la historia leí el libro. Era imposible, además, compararme con la actuación de Clint Eastwood, que también dirigió la película.

¿Nunca había leído el libro? No, sabía de qué se trataba pero nunca lo leí ni miré la película. Pero cuando tomé contacto con las dos cosas me parecieron extraordinarias. El director solo me dejó mirar la película un poco antes de estrenar la obra. Yo me moría de ganas pero fue lo mejor, porque para esa altura ya estaba todo preparado. Soy bastante metódico, pero al personaje lo descifré de a poco.

¿Qué métodos sigue? Muchos. Antes de una función me gusta llegar temprano, cambiarme e ir al escenario. Bastante tiempo antes de que empiece la obra ya me pongo en mi lugar y veo cómo se ve todo desde ese sitio. Me gusta pararme en el lugar y rezar, como si fuese una cábala.

¿Es cristiano? No, pero soy muy creyente. Sé rezar en católico y si supiera, también lo haría como budista. En judío sería lo mismo. Siempre necesito rezarle a Dios. Y me gusta agradecer por lo que estoy haciendo. Ya tenemos más de 350 funciones hechas y cada vez se pone mejor.

La obra habla de una historia de amor pero el protagonista no es un galán. ¿Cómo se desprendió de la imagen que lo caracterizó durante toda su carrera? Una historia te desprende de todo. El público, si es en el teatro, se sienta a que le cuentes un relato. Puede ser que al principio están ahí porque te vieron como galán en alguna tira como Vidas robadas o Sos mi vida. Pero un segundo más tarde se empieza a hablar de la historia de una mujer y un fotógrafo que se conocen por casualidad, y se olvidan de todo. Depende de la propuesta. Y está bueno saber jugar el juego.

¿Le preocupa que el público, influido por el libro o la película, espere una obra distinta a la que protagonizan con Araceli González? Para nada. Yo sé que la historia que estoy contando está buena porque el libro me cautivó. Hay gente fanática que llega con ciertos prejuicios o algunas ideas porque es una novela que ya conoce, pero todo desaparece cuando comienza la obra. Siempre se paran a aplaudir, entonces sé que tenemos una historia que funciona, y funciona bien. Contar historias es lo que más me gusta en el mundo, me vuelve loco. Es lo que elegí a los 15 años y lo volvería a hacer.

Pero antes de ser actor quería ser músico. ¿El saxofón fue una de sus primeras pasiones? Lo fue y lo sigue siendo. También quería ser dibujante y lo soy; quería escalar y lo hago.

¿Cómo fue escalar el Everest? Fue extraordinario. Lo intenté dos veces pero la primera fue una pesadilla, porque cuando las cosas no salen bien todo se puede poner muy difícil. Y las cosas no salieron bien.

¿Qué pasó? Me equivoqué y la montaña no perdona. La naturaleza no perdona, Dios siempre, y el hombre a veces. Un día de caminata llegamos a un pueblo precioso en Nepal que estaba a tres mil y pico de metros. Había unos chicos que estaban jugando al fútbol y nos invitaron a jugar con ellos. El problema es que enseguida entré en calor, me saqué la remera y después me quedé hablando con el grupo. Estaba sin remera, todo transpirado y entró el frío. Eso trajo una gripe, que trajo una neumonía y un edema cerebro-vascular cuando ya estaba en el campo base.

¿Por qué volvió a intentarlo? Es algo que me apasiona. Me acuerdo que después de prometer que no iba a jugar al fútbol (risas), fui a Aconcagua y caminé por la zona para ver qué pasaba por mi cuerpo. Tenía que tener cuidado porque habían pasado cuatro años pero había sufrido un edema y no podía descuidarme. Salió todo bien esa vez y entonces me animé a intentar de nuevo subir el Everest. Y lo logré.

¿La misma adrenalina que le provocan las montañas lo acompaña en las noches de estreno? Sí, porque tienen todo en común. Es como cuando a alguien le gusta el agua e intenta surfear. Cuando agarrás una tabla, te metés en el agua y no sabés flotar. También mirás el mar y no sabés cómo entrar. La ola te saca, te golpea y no podés pasar la rompiente. Pero un día aprendés a flotar y alguien te ayuda a seguir. Y te termina saliendo. Esos desafíos, acompañados por la adrenalina, aparecen con esas dos pasiones.

¿Los golpes también aparecen en la actuación? Sí, claro. Te los das todo el tiempo. Me acuerdo que me pasó a los 22 años, cuando tenía que decir unas líneas sobre la política económica de 1994 frente a grandes figuras como Walter Santa Ana y Villanueva Cosse. Llegué al teatro con la letra estudiada pero no me dejaron de temblar las piernas, el labio. No podía con la presión de ellos y mis compañeros mirándome. Entonces, dijeron acción y yo temblaba; volvieron a decirlo y era lo mismo. En ese momento no pude hacerlo, pero hoy podría. Era la ocasión perfecta para irme corriendo y no lo hice. Seguí hasta que aprendí que el personaje es un traje y vos sos el que le da vida.


La actuación lo lleva de una telenovela a protagonizar una película o una obra de teatro. ¿Cómo cambia su vínculo con el público en las tres disciplinas? La materia prima es la misma, pero todo es distinto. En el teatro tenés al público mirándote a los ojos y hay una reacción inmediata. En la televisión o en el cine es diferente. Cuando grabamos estamos con el equipo, la gente detrás de cámara, y tenemos que pensar en otros factores. Nos aseguramos de no tapar a un compañero en el plano, de cuidar la luz y de ver cuál es el encuadre. En una hora podemos hacer una escena de algo que va a salir en un episodio y después podemos volver a una toma de algo del pasado. Y no se sigue un orden cronológico. En los rodajes siempre hay un personaje que se acerca y te dice que hay que grabar una escena en la que lloras, y capaz lo anterior lo grabaste hace una semana.

¿Mira telenovelas argentinas? Las veo para saber en qué andan. Ahora se agilizaron mucho los tiempos de grabación. En lugar de hacer una toma arriba de un helicóptero se usa un dron. Y lo mismo pasa con otras cosas.

Pero no las mira tanto por gusto personal. Depende. Soy buen público porque no estoy nunca evaluando ni juzgando el trabajo del otro. Siempre me siento a disfrutar. Y lo mismo hago conmigo: soy exigente pero no me gusta juzgarme. Trato de mejorar hacia donde creo que tiene que ir la cosa. A veces me llevo sorpresas y otras veces algunas desilusiones.

Hace unos meses felicitó en los medios a su expareja Isabel Macedo porque estaba embarazada y se había “realizado como mujer”. El comentario generó polémica y tuvo que salir a pedir disculpas. ¿Es difícil ser figura pública en una sociedad tan sensibilizada? No es sensibilidad, es cabeza de termo. Hay mucho cabeza de termo que sale a tirarte con un hacha por cosas que no le competen para nada. Decir que una mujer se realiza siendo madre no quiere decir que no se realiza trabajando o sacando al perro. A la persona de la que hablaba la conocí porque formó parte de mi vida y conviví con ella durante diez años. Me avala mi historia para decir que se realizó como madre. Lo digo por experiencia.

¿Cómo maneja la exposición en las redes? Llegaron cuando yo ya era grande y viví mucho tiempo sin todo eso. Las adapté a mi vida, pero no me adapto yo a ellas.

En su vida también tiene que adaptarse a los viajes y las giras. ¿Pudo encontrar el equilibrio entre el trabajo y la familia? Puede pasar que me vaya un jueves y vuelva el lunes a primera hora. También puedo estar todo los días con mis chicos y a la tarde me voy a trabajar. Lo voy tratando de llevar, pero por momentos se me escapa de las manos. Ahí el punto al que tengo que volver es el equilibrio. Y no es poca cosa tener una familia a la cual volver y tener el trabajo que soñé tener.
 

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.