Los cadetes de infantería aprenden a convivir en cuartos comunes separados por una mampara y rodeados de la mística del arma. Foto: Nicolás Der Agopián

El presente de la dictadura que terminó hace 33 años y el sistema de disciplina espanta a los jóvenes

Aunque el Ejército mejoró su imagen, arrastra dificultades en el reclutamiento de oficiales

7min 1
Nº1989 - al de Octubre de 2018
escribe Sergio Israel y Juan Pablo Mosteiro

Luego de un breve aplauso, mientras se encendían las luces, uno de los emocionados espectadores que el pasado fin de semana vieron en un cine de Pocitos la película La noche de 12 años, que narra el padecimiento de tres de los 20 rehenes (11 mujeres) del Ejército, resumió: “¡Qué hijos de puta los milicos!”.

No muy lejos de allí, en Toledo, Canelones, 42 cadetes de cuarto año de la Escuela Militar se preparan para lograr una ansiada meta: recibir el espadín de oficial.

¿Cómo hubieran reaccionado esos oficiales si les hubiera tocado servir en la Fuerza medio siglo atrás, cuando la Constitución y los códigos militares pasaron a ser papel mojado? 

Los estudiantes de la Escuela Militar entrevistados por Búsqueda dicen que no se sienten identificados con el pasado, aunque el alojamiento de los aspirantes lleva el nombre de un oficial muerto en 1972 frente a un local comunista del Paso Molino.

Después de Montevideo y Canelones, la zona del país de donde provienen los aspirantes es el norte del río Negro, lugares más pobres y con menos opciones educativas terciarias.

“Las películas militares muestran lo crudo de lo formativo, lo extremo, el conflicto, van a lo negativo. No muestran lo que es la realidad de la formación militar académica. Hasta hay quienes hoy te preguntan si antes de recibirte tienes que degollar a un perrito...”, dice con cierta inocencia una de las cadetes entrevistadas.

La futura oficial quizás ignora que, en efecto, durante un período de la dictadura, en ese mismo recinto los cadetes tenían que criar una mascota y luego matarla, una práctica desterrada desde hace años, así como las guiñadas al nazismo.

La joven oficial es optimista respecto al futuro profesional. “Hoy ser militar ya no es un tabú. El comandante en jefe (Guido Manini Ríos) potenció estas políticas de puertas abiertas y sus discursos van en esa línea: siempre habla y llama a integrar a los militares a la sociedad, y viceversa, para que se sepa qué es lo que piensa un soldado y qué es lo que hace. Somos parte de la sociedad, somos personas y ciudadanos”, comenta.

Foto: Nicolás Der Agopián

Caos y disciplina. 

La guerra, calificada como “la más negativa de las actividades humanas”, es caos y muerte. Para preparar a los profesionales que la deben comandar en caso de necesidad, los ejércitos en casi todo el mundo aplican dos conceptos que luego resultan de utilidad en el campo de batalla, cuando las papas queman: verticalidad y disciplina.

Para cumplir con su función en el engranaje, el oficial debe aprender a obedecer y a mandar. El Ejército Nacional, una institución que declara tener 207 años, forma sus cuadros durante toda la carrera, desde la Escuela Militar hasta el Instituto Militar de Estudios Superiores (IMES), antes llamado Escuela de Guerra.

Apenas se ingresa a la Escuela Militar de Toledo, un edificio construido por la Iglesia católica y que sirvió para formar curas hasta fines de la década de 1960, se respira orden y disciplina.

Los aspirantes de primer año y los cadetes (de 2º a 4º) tienen que estar formados a las 06:30. Para ese entonces, se espera de ellos que estén bañados, peinados y afeitados y tengan los cuartos en orden.

Solo uno de cada cuatro de los que se anotan a esta carrera tienen parientes militares.

Luego de desayunar comienzan las clases, que se extienden hasta las 13:30, cuando llega el almuerzo y el ansiado recreo de rancho, el único momento en el que, durante una media hora dos veces al día, los cadetes podrán entrar en contacto con familia, amigos, novios y el mundo exterior, Internet mediante. 

Por la tarde tienen lugar la instrucción de orden cerrado y abierto, las clases de tiro y la educación física.

Levantarse temprano, llegar en hora, comer y moverse de acuerdo a un plan, no acceder a Netflix y a su celular cuando quieran y recibir órdenes y sanciones sin discutir son de las cosas que llevan a los aspirantes a desistir a pesar de su amor por las armas, la equitación o las artes marciales.

De hecho, son pocos los que llegan. En tiempos más gloriosos alcanzaron a ser 1.500, hubo años de 800, mientras que el año pasado se presentaron apenas unos 150 para las 82 vacantes, a pesar de que los alumnos reciben, además de materiales, casa y comida, una beca que va desde $ 4.000 a $ 11.000 mensuales. Hoy los 223 alumnos cuesta cada uno al Estado $183.204 al año, unos $ 15.200 al mes.

Ya no llegan alumnos del British. Después de Montevideo y Canelones, la zona del país de donde provienen los aspirantes es el norte del río Negro, lugares más pobres y con menos opciones educativas terciarias. Solo uno de cada cuatro de los que se anotan a esta carrera tienen parientes militares.

Al frente del instituto de formación, desde el año pasado, está el general José González Spalatto. Es un hombre afable, nacido cerca de Velázquez (Rocha), de baja estatura y estilo poco marcial, que recibe a Búsqueda en compañía de cuatro oficiales: el subdirector, Luis Filardi; el jefe del cuerpo de cadetes, teniente coronel Rodolfo Álvarez; el jefe de estudios, teniente coronel Juan Giorello; y la jefa de instrucción, mayor María González.

Foto: Nicolás Der Agopián

“El proceso” hoy. 

Salvo el general y la mayor, todos nacieron en hogares con padres militares. Aunque el tema de la dictadura no está presente en la conversación, también sobrevuela el despacho del director: el general formó parte del Tribunal de Honor que este mes pasó a reforma a un grupo de oficiales condenados por la Justicia civil por violaciones a los derechos humanos (ver recuadro), y el jefe del cuerpo de cadetes, que nació en 1976, es hijo de un militar procesado el año pasado por el delito de torturas, a su vez sobrino del exdictador Gregorio Álvarez.

El contacto de los cadetes con la llamada historia reciente tampoco es algo que ellos puedan eludir con facilidad. “A mí me pasó de alumna del Liceo Militar, en el 2008: tenía 15 años, flaquita, desfilaba en Minas, y unas personas con carteles ofensivos nos gritaban: ‘Pichones de asesinos’. Y eso me quedó para siempre. Con el tiempo pensé: Vamos a parar, somos gente grande, hay que sacar cuentas. A mí no me pueden venir a insultar. Eso me quedó marcado. Igual acá en Uruguay puedes caminar tranquilo de uniforme y nadie te viene a patotear”.

Otro cadete apunta: “Ninguno de los que estamos acá vivimos aquello. Mi madre tiene 44 años, ella era niña cuando la dictadura; tampoco somos una amenaza para la sociedad”.

Otro de los futuros oficiales opina que “hay fanáticos de los dos lados y son esas las voces que se escuchan, porque el fanático hace más ruido”. 

“A mí si me gritan por los desaparecidos, yo no puedo decir nada. Primero, por respeto a esa persona. Y segundo, porque yo no tengo nada que ver”, explicó.

Si bien el peso de la historia es importante en la institución, la dictadura no es un tema que ocupe mucho tiempo en las clases.

Uno de los problemas que se les plantean a los militares, además del sistema de retiros, algo que los jóvenes perciben como demasiado lejano, es que no saben cómo serán las guerras del futuro.

“Acá es normal que veas a algún alumno de segundo año leyendo sobre ese período, porque ves que todo el mundo habla y no se sabe. Los cadetes que recién ingresan no hablan del tema, no saben. Pero leen de todo, libros escritos por militares y por tupamaros. Eso hay que estudiarlo porque es el último antecedente de conflicto histórico y porque es un ejemplo de conflicto asimétrico entre un ejército regular contra uno irregular, y sirve para entender esas diferencias del combate. Pero recién lo vemos en cuarto año como caso de estudio, cuando tenemos la madurez suficiente para analizarlo, sin recibir ni ‘dar manija’”, opina uno de los cadetes que pronto recibirá el espadín y la charretera de alférez.

Otro cadete también suma su punto de vista: “Acá se trabaja en Historia, pero no se habla de dictadura sino de proceso de un gobierno democrático a un gobierno de facto. Varios profesores dicen que no fue una dictadura, fue un gobierno de facto y que hubo una disolución... y que está mal hablado afuera cuando dicen que los tupamaros se armaron para pelear contra la dictadura, porque ese gobierno de facto se dio después de que el movimiento tupamaro ya estaba casi disuelto. No existió una dictadura, porque no fueron solo militares, porque el presidente de la época siempre estuvo con ellos. Si uno revisa los libros más viejos (no los que se trabajan en escuelas o en liceos, que cuentan solo una parte de la historia) se entera realmente cómo es todo, qué parte falta contar”.

Otro futuro oficial se pregunta: “¿Cuál es la necesidad de dividir a la sociedad? ¿Por qué vamos a hacernos enemigos si nuestra Constitución y nuestra Ley Orgánica dice que estamos para cuidar a la sociedad?”. Y reflexiona: “Tengo 26 años, mi padre tiene 50, tampoco tiene nada que ver con eso, y no entiendo qué necesidad hay de fomentar ese odio. Nosotros estudiamos nuestra historia para no equivocarnos y para que no vuelva a pasar lo que pasó. Mi abuelo era militar en esa época en el campo y me dijo que escuchara y leyera las dos campanas para llegar a mi propia conclusión”.

Foto: Nicolás Der Agopián

La defensa del futuro. 

Uno de los problemas que se les plantean a los militares, además del sistema de retiros, algo que los jóvenes perciben como demasiado lejano, es que no saben cómo serán las guerras del futuro. El general González, advirtiendo que se trata de una respuesta individual, opina que la formación de los cadetes hoy no es demasiado distinta a la que recibió su generación.

“Por supuesto que debemos asumir que el ser humano ha cambiado en estos 50 años y diría que los jóvenes los percibimos muy distintos y eso nos plantea desafíos para que la formación que queremos transmitir llegue”, afirma.

“Insistimos mucho en los valores y la disciplina” y en “la formación básica del trabajo”, explica González, porque “está muy de moda hablar de la tecnología, la inteligencia artificial, la cibernética y todo eso, pero en realidad lo que enseñamos acá es que las personas aprendan a mandar a otras personas. El oficio del oficial del Ejército es comandar personas, unidades o grandes unidades y eso no ha cambiado”. 

✔️ Promoción coronel Alegre

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.