Una apuesta a la nostalgia

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Nº2035 - al de 2019
por Andrés Danza

Pena, dolor, tristeza. Anhelo por un tiempo que pasó. Detener, desde el presente, la mirada y dirigirla hacia atrás. Así se define la nostalgia según los diccionarios. Algo similar a un estado de melancolía duradero, basado en aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”. La saudade de los brasileños pero más cercana al tango que a la bossa nova. En otras palabras: el Río de la Plata. Uruguay, para ser más precisos.

Por eso, nada mejor que la Noche de la Nostalgia para elegir un evento del que muy pocos uruguayos pueden o quieren escapar. Todos los 24 de agosto, desde hace cuatro décadas, son mayoría los que deciden festejar, pero añorando al pasado al mismo tiempo. Es una de las fiestas populares más exitosas, porque revive lo que ya fue. Estamos en un país en el que el pasado une, el presente divide y el futuro desconcierta.

Quizá lo único que se le acerca en importancia es el Día del Patrimonio porque también cumple con el requisito de halagar lo construido hace décadas o siglos. En ese caso, empezó siendo un solo día pero terminó trasladándose a un fin de semana entero. Son muy pocas las voces discordantes locales sobre la importancia de esas dos celebraciones y casi nadie queda afuera.

Hay un nosotros atrás de todo esto. Los uruguayos mantienen vivo ese nosotros y optan por sacarlo a relucir cuando no es el presente o el futuro lo que está en juego. Es destacable, sin ningún lugar a dudas, salvo cuando se utiliza para abrazarse al pasado y evitar así caminar hacia adelante.

Dos acontecimientos de los últimos días muestran este sentimiento de nosotros que aparece con la fugacidad de un rayo de sol que ilumina por unos segundos lo esencial en medio de la niebla cotidiana. El primero fueron las reacciones que generó la enfermedad que padece el presidente Tabaré Vázquez. Más allá de algún comentario marginal en las redes sociales o rumores maliciosos que siempre se propagan como hongos, todo el sistema político transmitió su solidaridad con el primer mandatario.

Es cierto que Vázquez no es uno de los contendientes en la campaña electoral. Su figura, por más que está muy asociada al oficialismo, es secundaria en la disputa actual por la Presidencia de la República. Además, manejó muy bien la comunicación sobre su situación. Pero, ante una enfermedad extrema, sigue prevaleciendo la unión por encima de las diferencias. Al menos en apariencia. 

El segundo caso ocurrió en la presentación de libro Claudio Paolillo. Periodista. Tres expresidentes, de distintos partidos políticos, fueron los encargados de participar juntos en el acto de lanzamiento de esa publicación. Ahí también hubo un nosotros muy claro y nítido, como hacía mucho que no se veía. Claudio se lo merecía, eso está fuera de discusión, pero ayudó en la concreción de ese trascendente hecho político que los líderes involucrados ya no están disputando el premio mayor.

Los discursos del colorado Julio Sanguinetti, el blanco Luis Alberto Lacalle y el frenteamplista José Mujica se centraron en elogios a un pasado del que queda poco. En la figura de Paolillo ubicaron la lectura de un Uruguay que los tuvo como protagonistas y que ahora se diluye como arena entre los dedos. Hasta la palabra nostalgia estuvo en la parte oratoria. Nostalgia de lo que vivieron y que hoy son solo recuerdos. Es evidente que ese sentimiento no podía faltar en un estrado integrado por tres expresidentes uruguayos, de distintos partidos.

Bienvenida la palabra nostalgia en esa oportunidad, pero no siempre. En la campaña electoral se recurre a ella para dividir, para intentar destruir al adversario. “Sienten nostalgia de las épocas en las que aplicaban el neoliberalismo”, dicen algunos. “La nostalgia es de ellos porque perderán el gobierno o al menos la mayoría parlamentaria”, responden otros.

No es esa la nostalgia que hace falta. Hay que apostar por la nostalgia que une, la que trae consigo la palabra nosotros, la que derriba paredes en los peores momentos, la que celebra e intenta mejorar lo que somos gracias a lo que fuimos. Hay que utilizar ese sentimiento tan anclado al pasado de la mayoría de los uruguayos para que de una vez por todas prevalezca el sentido común y no un país enfrentado en bandos. Que una madre con cuatro hijos se prostituya para poder comer y muera el más pequeño de ellos es una tragedia. Que aparezcan restos óseos en un cuartel de alguien asesinado y enterrado clandestinamente por una dictadura militar es una noticia muy importante. No debería haber dos lecturas al respecto.

La próxima elección, en la que parece que nadie obtendrá la mayoría absoluta, puede ayudar a reinstalar ese nosotros tan impostergable. Para eso lo lógico sería volver a poner en el centro del sistema político al Parlamento, un lugar que hace tiempo que no ocupa. Cumple con las dos condiciones: forma parte de la nostalgia de un pasado en el que los distintos bloques no tenían otra alternativa que negociar entre ellos y también es uno de los principales símbolos del patrimonio nacional.

Qué mejor entonces que recurrir al viejo palacio de mármol para cambiar un poco el estilo y que los acuerdos sean para generar políticas de Estado en los temas más importantes y no solo para seguir recordando todo lo bueno del pasado. Es muy fácil proponérselo, pero muy difícil lograrlo.

Capaz que primero se debería redireccionar un poco ese sentimiento tan favorable a todo lo hecho y recordar más cómo fue que se hizo. Es cierto que hay muchos éxitos en el pasado que sirven para mostrar como ejemplo y lucirlos ante el mundo. Los hay sociales, políticos, deportivos y económicos. Pero están ahí porque en determinado momento fue más importante construir que añorar y se le dio más trascendencia al mañana que al ayer.

“Nostalgia de construir futuro”, concluye un video elaborado por la Facultad de Arquitectura para el 24 de agosto, en el que se repasan las grandes obras de otras épocas. Eso es lo que hace falta.

✔️ ¿Y los liberales?

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