Yamandú Marichal. Foto: Nicolás Der Agopián

Yamandú Marichal, fundador y denominador común de los premios al teatro uruguayo, que se entregarán el domingo 8

Señor Florencio

7min
Nº2048 - al de 2019
Javier Alfonso

La luz inunda el living del apartamento, en el séptimo piso del edificio viejo y noble frente al parque Villa Biarritz, con los muros anchos, ventanales y espacios generosos y pisos de parquet de tabla ancha y madera clara, de los de antes. Con 87 años cumplidos en agosto, Yamandú Marichal recibe a Búsqueda en la gran mesa de madera, junto a su esposa, Nevers Díaz, su incansable compañera de butaca, que además es la autora de algunos pequeños retratos colgadas en el hall, junto a la puerta, producto de su reciente incursión en un taller de pintura. Una de las habitaciones tiene sus cuarto paredes forradas de libros. Las bibliotecas y estantes van de piso a techo, y el escritorio está bien en el medio, también tapado de volúmenes. “Estos son los más nuevos, los últimos que me han llegado”, comenta al señalar una pila de medio metro de altura. Hay unos cuantos de teatro, cine y música, pero la enorme mayoría es literatura de todas las épocas. Una vieja portada de El guardián en el centeno es lo primero que se distingue, al golpe de ojo, al traspasar la puerta. Durante una hora y media, al atardecer del martes 26 Marichal contó cómo se convirtió de espectador frecuente de teatro y cine en crítico aficionado primero, profesional después, y cómo fue el proceso que lo llevó junto a varios colegas a fundar los Premios Florencio, en 1962. Además de ser durante varias décadas el presidente de la Asociación de Críticos Teatrales del Uruguay, Marichal es el único que integró el jurado en todas las ediciones del premio, que solo se interrumpió por la prohibición impuesta por la dictadura.

Yamandú Marichal se crio entre Tres Cruces y Pocitos, en un hogar de clase media donde no había una especial influencia artística. “Mis padres nos llevaban al cine a mí y a mis hermanos, a las matinés, que eran la cultura popular por excelencia. Ese siemprte fue el incentivo de mis padres. Nos dejaban en la puerta del Casablanca, el 21, el Metropol o el Ópera y nos iban a buscar cinco o seis horas después, a la salida”, recuerda. Hizo la escuela y el liceo en los Maristas de 8 de Octubre y fue allí donde descubrió el teatro. “El profesor de Literatura nos hacía aprender una poesía por semana y a fin de año hacíamos pequeñas obras en las que interpretábamos personajes sencillos como el mozo de un bar o un empleado de oficina. Pero un día, cuando tenía unos 12 años, fuimos a ver una cosa bastante amateur que hacían unos amigos de mis padres en el viejo Estudio Auditorio del Sodre, sobre obras cortas de Eugene O’Neill. Y me impactó fuerte ver a los actores ahí, en vivo. No sé si eran buenos o malos actores, pero pensé: quiero seguir viendo esto. De entrada tuve claro que no me interesaba aprender a actuar sino seguir viendo actores en escena”.

El adolescente Marichal empezó a ver cada vez más teatro. Montevideo vivía el auge de la Comedia Nacional, recién fundada, así como los inicios de compañías del teatro independiente como El Tinglado, La Máscara y El Galpón. “Además, los argentinos no venían porque Perón lo había prohibido por la mala relación entre Uruguay y Argentina en esa época. Ese fue un gran regalo que nos hizo Perón, que potenció el teatro uruguayo”.

Sobre el final del liceo, aquel profesor de Literatura le propuso empezar a escribir sobre las obras de teatro que veía, en un boletín estudiantil que publicaba ese colegio. “Lo primero que me propuso fue que viera a la Comedia Nacional, que estaba haciendo Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello. Y lo que escribí no fue una crítica sino un cuento sobre lo que había visto. Me prendió tanto ver obras y escribir que empecé a ir a ver teatro sin parar. Eran momentos de efervescencia, como la creación del Teatro Circular y de Club de Teatro, donde vi actuar por primera vez a Berto Fontana, Pepe Vázquez y Jorge Denevi. O la llegada de las compañías europeas al Solís, el 18 de Julio y el Artigas. Europa estaba pobre y los elencos venían en barco y se quedaban semanas en cada ciudad. Especialmente en junio y julio, cuando era verano allá. Españoles, italianos, franceses, alemanes. En esa época, en Montevideo había teatro de martes a domingo, y se vendían millones de entradas de cine. Mi rutina era cine de lunes a miércoles y teatro de jueves a domingo”.

Tuvo trato fluido con las grandes figuras de la Comedia de esos tiempos, como Enrique Guarnero, Alberto Candeau, Scartachini. “Me parecía increíble lo que hacía la Comedia. En poco tiempo se afirmaron elencos brutales. Traté de conocerlos lo más posible, iba a todas las charlas y conferencias que podía. A Margarita Xirgu le hice algunas notas pero la conocí muy poco. Era una mujer muy seria, distante. La adoraban pero le tenían terror. Pero no me quedaba solo con los profesionales sino que también trataba de ver a los estudiantes, cuando podía me colaba para espiar las obras de egreso de la EMAD”.

Marichal estudió Derecho. Pensaba que quería ser abogado. Pero el teatro le iba ocupando no solo el tiempo sino también la mente y el deseo de ver una obra siempre era más fuerte que el de preparar un examen. “Cuando llegaba el invierno y se llenaba de europeos por dos meses ni pisaba la facultad. Y en mi grupo de amigos teníamos una sobrina de un gerente del Solís que nos conseguía lugares en los palcos más altos. ¡Desde allá arriba solo les veíamos las cabezas a los actores! Desde ahí pude ver a Vittorio Gassman, al Teatro Nacional Popular, de españoles exiliados, al Piccolo Teatro de Milano, el Ca Foscari de Venecia. Pasábamos julio entero ahí arriba. Ninguna de esas compañías venían con menos de cuatro obras y se quedaban 10 o 15 días. ¡Los italianos traían siete estrenos! Uno por día, y así toda la semana”.

Un día Yamandú se enteró por un compañero de facultad que un profesor estaba por sacar a la calle un nuevo semanario, El Ciudadano. “En esa época no había escuelas de periodismo. Me ofrecí y me dieron la oportunidad de escribir de teatro, junto a un crítico de cine muy joven, un tal Jorge Abbondanza (ríe). Ahí empezamos nuestra amistad. El día en que se publicó la primera nota fui al quiosco y me compré todos los diarios y revistas para comparar mi nota con las de los otros críticos. Cuando vi que no me había equivocado, supe que podía hacerlo bien”.

Yamandú Marichal
Foto: Nicolás Der Agopián

Con la posibilidad de acreditarse como crítico para cuanto espectáculo quisiera, la carrera de abogacía tenía los días contados. Dejó la facultad y comenzó a alternar empleos administrativos con el periodismo, hasta que un día le llegó la oportunidad de ser periodista de tiempo completo: “Como colaborador no te podías ganar la vida y me las tenía que rebuscar. Hasta que el diario El Bien Público sacó el diario BP Color, que fue un gran impacto en la prensa uruguaya, y contrató a una cantidad de los que hacíamos El Ciudadano. Ahí conocí a muy buenos colegas como el abogado Carlos Berlangeri y el crítico de cine José Ángel Arteaga”. Después vino la radio y la televisión. Carve y Saeta fueron su casa durante décadas. De hecho, ya jubilado desde hace un buen tiempo, conserva un espacio para comentar obras teatrales, que se publica en formato podcast, en la página web de Carve.

“Cuando entré a la ACTU conocí a pesos pesados de la crítica como Ángel Rama, Carlos Martínez Moreno, Mario Benedetti, Alejandro Peñasco. Sempre fui bueno para relacionarme y charlaba mucho con ellos”. Así comienza a explicar Marichal la génesis de los Florencio, galardón que él concibió, desde el nombre al concepto de la estatuilla (el jopo de Sánchez con el ojo de la crítica), incluyendo la redacción del reglamento. “Nos reuníamos mucho en peñas literarias y tertulias en bares. La necesidad de dar unos premios al teatro, fundada en la creciente cantidad de espectáculos, se fue instalando en las charlas. Casa del Teatro daba unas medallas a fin de año a los mejores actores del año. ¿Y por qué los críticos no damos un premio?, pensábamos. Un día Rama me invitó a integrar la lista para una nueva directiva y quedé. Rama me nombró secretario de actas y ya en la primera reunión a la que fui planteé la idea del premio. Para mi sorpresa, nadie se opuso, y Rama rápidamente me dijo: ¿Te animás a escribir los reglamentos y los traés a la próxima reunión? Me fui para casa y me pasé toda la noche escribiendo. A la reunión siguiente tenía las bases del premio y el nombre. Me sirvieron mis años en Derecho (ríe). Y, con algunos cambios, son los reglamentos que se siguen utilizando hasta el día de hoy”.

En la crítica artística, ya sea de música, de cine, de artes plásticas o de teatro, hay de todo: desde la acidez extrema a la mejor buena onda. Si hay algo que distingue a Yamandú Marichal en su larga trayectoria es el extremo respeto y consideración por los artistas, más allá del signo positivo, neutro o negativo de su juicio. Así lo concibe: “He intentado mantener siempre el respeto por los creadores, por la obra que me están ofreciendo. Me guste o no me guste, si lo hacen con entrega, amor y compromiso, tengo que respetarlos al máximo. Y como tengo buena relación con todo el mundo, converso mucho, durante muchos años compartí mesas de café llenas de actores. Me senté siempre con ellos sin ningún problema y cuando tuve que hacer la crítica la hice siempre en forma respetuosa. A veces elogiosa y a veces no. No podés pretender ser el rey que tiene la última palabra y que los súbditos acaten. Creo que la crítica debe ser ante todo constructiva y siempre con fundamento”.

Pese a que nunca tendría cómo haber ganado una de esas pesadas estatuillas de bronce macizo con el icónico diseño del escultor Eduardo Yepes, un ejemplar original, con la característica base de mármol tiene su lugar protagónico en la sala, en un pedestal junto a la estufa a leña. “¡Ese Florencio lo afané!”, bromea Yamandú. Y explica: “La historia es increíble. Yo no puedo tener un Florencio, tenemos prohibido quedarnos con ninguna estatuilla. Pero un día, hace como 20 años, fui a un remate de obras de Yepes de un tipo que había muerto, y cuando llegó el momento del Florencio no ofertó nadie. ¡Me la llevé por 100 pesos!

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