La sala de la colección de rock internacional . Foto: Javier Alfonso

Un banquero argentino tiene la mayor colección de discos uruguayos existente en el mundo: más de 30.000 ejemplares

En un quinto piso porteño, el aleph de la música uruguaya

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Nº2045 - al de Noviembre de 2019
Javier Alfonso

De afuera es uno de los tantos edificios majestuosos de Buenos Aires, esos formidables ejemplares que trascienden el paso del tiempo, con sus enormes portales y su clásico tejado oscuro. Pero en el quinto piso del lujoso inmueble cercano a la plaza San Martín, en Retiro, hay un tesoro único: la mayor colección de música uruguaya del mundo. Una habitación entera guarda miles de discos de vinilo, con estantes de piso a techo en las cuatro paredes. Otra sala está forrada de CD. Una enorme biblioteca guarda únicamente libros relacionados con la música uruguaya. Colgadas en las paredes de los pasillos hay grandes fotos de Alfredo Zitarrosa, Los Olimareños, José Carbajal, Santiago Chalar, Osiris Rodríguez Castillos, Aníbal Sampayo, Numa Moraes, Larbanois & Carrero. También hay varias imágenes de José Artigas y un poema que Manuel Capella le dedicó al dueño de casa, titulado Argenguayo. La cantidad exacta aún no ha podido ser determinada pero sus responsables estiman que en ese piso hay más de 30.000 ejemplares.

El dueño de esta demencial montaña de música se llama Roberto Domínguez, tiene 71 años, nació en la provincia de Buenos Aires, cerca de Mar del Plata, en su juventud se dedicó a la música y soñó con ser folclorista, hasta que se dio cuenta de que no iba a poder vivir de la música. Estudió Economía, emprendió una exitosa carrera en el mundo de los negocios y llegó a ser el dueño de un banco. A Domínguez siempre le gustó comprarse discos. Y escucharlos en los mejores tocadiscos, con los mejores parlantes. Cuando empezó a hacer buen dinero, su colección empezó a crecer exponencialmente. En los años 70, mientras se empecinaba en ser un músico profesional, conoció el interior uruguayo, donde se presentó en varios festivales folclóricos. Luego siguió viniendo como espectador, mientras entablaba amistad con músicos muy populares como José Carbajal y Pepe Guerra. En cada viaje hacía una parada obligada en todas las disquerías que podía y siempre se volvía a Buenos Aires con una valija llena de discos uruguayos.

Hoy Domínguez es el presidente del Banco de Servicios y Transacciones, entidad financiera que ofrece servicios a los bancos y se mudó hace pocos años a este inmueble-museo, que Búsqueda recorrió recientemente, con su propietario como guía, en pleno corazón porteño. Además de su inmensa colección de discos, que ronda las cien mil placas contando todas las procedencias, tiene desplegadas en varias plantas todas sus colecciones. Dos pisos enteros están dedicados a los discos y su gran colección de instrumentos, equipos musicales, viejas vitrolas, radios, rocolas. Un apartamento entero está dedicado a su pinacoteca, en la que tiene ejemplares de José Cúneo, entre otros artistas uruguayos, y a su enorme biblioteca repleta de incunables. Fanático de la poesía gauchesca rioplatense y tan seguidor de Miguel Hernández como del uruguayo Serafín J. García, Domínguez exhibe con orgullo en un gran pedestal un añejo volumen que define como “la edición más antigua que existe del Martín Fierro”.

Además de juntar compulsivamente discos y obras de arte, Domínguez se castiga con los mejores vinos y habanos del mundo. Junto a la gran bodega refrigerada, en su cocina exhibe con orgullo su cigarrera: “Acá hay varios miles de dólares en humo”, aclara.

Además de otras dos plantas usadas de modo convencional, como vivienda, en el sexto piso de este palacio, Domínguez acondicionó una sala con cómodos sillones de cuero y sus mejores bandejas de vinilo y allí instaló su gigantesca colección de rock internacional, con más de 20.000 discos de bandas y solistas anglófonos, y muebles enteros ocupados por grandes cajas y ediciones especiales, de esas que cuestan cientos de dólares cada una. No puede calcular cuánto dinero ha gastado en discos. “Varios cientos de miles de dólares, seguro”, estima. “Llegó un momento en que no podía ni entrar a mi casa, había torres de discos por todos lados. Ya no sabía si tal disco lo tenía o no porque la colección era demasiado grande, por lo que decidí contratar un curador que supiera de música uruguaya para que me ordenara y clasificara el material”.

Fotos de los afiches promocionales de los conciertos José Carbajal en Buenos Aires organizados por Domínguez.

Ese curador es un uruguayo de 43 años, llamado Diego Rocha, que conoció a Domínguez a principios del 2000, cuando era empleado de la disquería CD Warehouse y el argentino era su mejor cliente. “Cayó a hacer una compra compulsiva y me dijo: ‘Tengo muchos negocios en Uruguay. Vos me juntás lo que conseguís, yo paso cada 15 días y te los compro’. Así empezó nuestro vínculo. Empecé a reunir todo lo que sacaban los principales sellos uruguayos, como Bizarro, Ayuí, Sondor, Montevideo Music Group, Perro Andaluz. Después, como yo escuchaba música en inglés y leía mucho, me confió que le fuera armando y ampliando su colección de rock internacional. Así seguimos durante varios años hasta que en 2016 me contrató, me puso a cargo de todo y como curador de la colección uruguaya, lo que para mí fue un enorme honor”. Se desvinculó de Palacio de la Música y desde entonces viaja todas las semanas a Buenos Aires para trabajar en la colección, de lunes a jueves.

Rocha es un melómano que acaba de publicar su primer libro, enmarcado en la colección Discos de la editorial Estuario, y dedicado a Amanecer búho, el álbum consagratorio de Buenos Muchachos. Y en cierto modo, ese trabajo es consecuencia de esta inmersión profesional en la música nacional. “Es una cosa de locos, la colección no para nunca, está en constante crecimiento. Entran entre 20 y 30 discos por semana. Siempre estamos comprando. El fin de esta colección es reunir la mayor cantidad posible de música uruguaya”.

Si bien no hay un documento que lo certifique, Rocha y Domínguez no tienen dudas de que no existe en ninguna parte del mundo una colección de estas características. “Primero por la calidad y segundo porque no discrimina nada. Todos los géneros y estilos que ha grabado un músico uruguayo están ahí: tango, rock, hip hop, tropical. No hay exclusiones: si es uruguayo y está grabado, lo queremos”, explica Rocha. Y agrega que al gran corpus de discos se agregan muchos demos y grabaciones no oficiales que los músicos usan, por ejemplo, para presentarse a concursos. También hay press kit para prensa y promos para las radios que incluyen simples y entrevistas a los músicos.

Roberto Domínguez en la sala de vinilos uruguayos. Foto: Javier Alfonso

Cazadores de discos

Todos los días, ni bien se despierta, Rocha ve nuevas fotos de discos en la pantalla de su celular, con las mismas preguntas: ¿Este lo tenés? ¿Este te falta? “En muchos casos lo sabemos y en otros aún no. Cuando terminemos de ingresar los datos, sabremos exactamente qué tenemos y qué nos falta. Y ahí saldremos a la caza”.

Para hacerlo posible, y gracias a sus contactos de vendedor, Rocha ha tejido una red de vendedores y coleccionistas que recolectan los lanzamientos discográficos en todo el país y se los envían a su casa en Montevideo. También tiene sabuesos en Argentina que rastrean por ciudades y pueblos cualquier sonido que tenga pinta de yorugua. “El otro día descubrimos una banda de punk y hardcore cuyo cantante es uruguayo. Le pregunté al vendedor qué grado de certeza tenía y me dijo que había hablado personalmente con el tipo y que le había dicho que era nacido en San José. Ahí califica, y hay que salir a buscar todos sus discos y donde él haya participado. Ahora tengo a un chileno tratando de conseguirme los discos de Gonzalo Yáñez, el hijastro de Alfonso Carbone, que grabó varios en Chile. Me encanta ese trabajo de arqueología. Si hay uruguayos desperdigados por todo el mundo, hay que encontrarlos (ríe).

Base de datos

De las 30.000 placas que contiene la colección uruguaya de Domínguez, unos 15.000 son CD y casetes digitalizados (en CD), entre siete y ocho mil son vinilos originales y unos 3.000 son simples (en vinilos de siete pulgadas). “Además hay por lo menos más de mil discos de pasta de 78 RPM, que aún no los tocamos, y después están los baúles de tango, con cinco mil vinilos aún sin catalogar, en los que presumiblemente hay abundante participación de artistas uruguayos”, dice Rocha.

Pero que haya 30.000 ejemplares no significa que haya 30.000 títulos. De un mismo álbum puede haber múltiples placas. Por ejemplo, de Canta Zitarrosa hay once copias, todas distintas: casi todas las ediciones en vinilo publicadas en Uruguay, algunas argentinas, CD y casetes. Por esa razón, Rocha estima la cantidad real de títulos uruguayos entre 15.000 y 20.000. Recién conocerá la cifra real cuando termine el proceso de armado del catálogo completo, que a este ritmo llevará varios años.

El trabajo inicial de Rocha fue separar los discos uruguayos de los de otros orígenes. Solo eso le llevó seis meses. “El volumen de compra es tan grande que se solían confundir algunas cosas como uruguayas pero no lo eran. Por ejemplo, los discos de una banda chilena llamada Cursi estaban junto a los de la banda uruguaya Cursi”. El anexo principal es el de los discos extranjeros en los que participan músicos uruguayos. “Los Fattoruso son el caso paradigmático”, dice Rocha. Otro anexo son los músicos extranjeros que grabaron temas de compositores uruguayos. “Ahí la lista es infinita. Imaginate solo lo que se habrá grabado de los compositores de tango (como Matos Rodríguez), o de folclore (como Osiris Rodríguez Castillos y Aníbal Sampayo). Es brutal. Estoy leyendo algo en Internet y salta que un tal grabó una versión de un tema uruguayo, y entonces tengo que salir a buscar el disco de ese tal”.

Después de esa primera clasificación, empezó el proceso del armado de la base de datos. “Se ingresa todo: los títulos de las canciones, el número de catálogo, el sello, año, autores de músicas y letras, intérpretes, así como los técnicos de sonido y productores de la grabación”. Rocha se detiene porque entiende que allí radica el “gran valor patrimonial” de esta colección para la cultura uruguaya. “Estamos generando una base de datos de música uruguaya nunca antes realizada. Es un acervo incalculable. Para los investigadores y periodistas será una gran fuente de consulta”. Sumergido en su laberinto, el curador explica que hay un lote de discos que estaban en la colección uruguaya pero cuyo origen no ha sido demostrado. “Están en observación, separados, en un limbo, hasta que encontremos el dato que lo certifique”.

Rocha debe escuchar todos los discos que ingresa para verificar la correspondencia entre la grabación y los créditos. “Ahora estamos en la colección de CD, por Falta y Resto. Ya hemos cargado más de 3.000 discos y casetes digitalizados. Me pasé una semana entera escuchando a Darnauchans. No solo música sino también entrevistas radiales y especiales sobre el Darno”. Rocha no se cansa de escuchar cosas raras. “Todos los días descubro algo nuevo que está buenísimo, artistas muy talentosos que nunca pasaron de ese demo, y que quizá en otras condiciones podrían haber tenido una carrera interesante”. También hay una tarea de edición y corrección de errores que requiere un saber específico, “Benavides con z y Fattoruso con una sola t, por ejemplo. Tenés que saber que Romeo Gaviol es Romeo Gavioli, porque si no, ese error te jode la base de datos”.

La colección también tiene DVD, libros de música y toda el área digital, compuesta por miles de discos sin edición física. “Esos quedarán para el final del registro, porque no hay apuro por su conservación”.

Cien mil por año

Tener 100.000 discos en una casa implica tareas y cuidados impensados. Hay que controlar la calidad del edificio, regular la temperatura y humedad del aire y cambiar, religiosamente una vez por año, las fundas de nailon de todos los vinilos. Imaginen solo el presupuesto en bolsitas de 30 por 30. Entre compras de discos, mantenimiento, conservación y curaduría, Domínguez gasta una cuantiosa cifra.

Tanto el propietario como el curador tienen claro que las esferas de vinilo, bien cuidadas, duran más que los seres humanos. “Esta es una tarea que nos excede. Por eso nos gustaría que después de nosotros vengan más personas que tomen la posta y sigan adelante con la colección”, dice Domínguez. Rocha complementa a su jefe: “Esperamos que termine en alguna fundación o en algún museo, y que la colección sea accesible en forma virtual, sin restricciones. En Uruguay no existe una fonoteca como esta, ni privada ni pública. Un mecenas extranjero está haciendo lo que ningún uruguayo ha hecho”.

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