Mario Pezzini, director del Centro de Desarrollo de la OCDE. Foto: Nicolás Der Agopián

El país es visto como “inspirador” por países de la OCDE, asegura el director de su Centro de Desarrollo, Mario Pezzini

En el último “tsunami” de crecimiento Uruguay sobresalió dentro de una región que “no se mueve”, pero debe dar un “salto de calidad”

7min
Nº2040 - al de Octubre de 2019
entrevista de Ismael Grau

Hace algunos años la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) se ganó titulares en la prensa montevideana tras poner a Uruguay en una “lista negra” por ser poco colaborativo en el combate a la evasión tributaria en el mundo. Y exagerando un poco, algún presidente europeo tildó al país de “paraíso fiscal”. Bajo esa presión de economías poderosas, los gobiernos del Frente Amplio fueron cambiando normas y firmando tratados para compartir información, últimamente incluso hasta cuánto dinero —si supera cierto monto— hay en las cuentas bancarias, para que oficinas extranjeras puedan controlar el pago de impuestos.

También hubo otros pasos voluntarios de aproximación a la OCDE, una institución que promueve lo que sus 36 países, desarrollados u otros que van camino a serlo, consideran son buenas políticas. Por ejemplo, Uruguay se integró en 2015 a su Centro de Desarrollo —con 57 miembros, 27 de ellos de la OCDE— y está en proceso de adhesión al comité de inversiones. Y en lo gestual, el presidente Tabaré Vázquez ha visitado la sede en París, y cada tanto pasa por Montevideo algún funcionario del organismo. Se hizo un ida y vuelta que llevó los vínculos a un nivel de confianza que permite el tuteo mutuo.

El italiano Mario Pezzini, director del Centro de Desarrollo y consejero especial del secretario general de la OCDE para el desarrollo, transmite una visión elogiosa del país; muchos lo ven como “inspirador” por algunas de sus políticas. Y cuando en la conversación se lo lleva a una perspectiva electoral, opina que sería “un error perder esos avances”, y que Uruguay debe seguir pedaleando para incorporar más innovación a su economía. Lo que pudo oír en el taxi sobre el debate presidencial del martes 1º lo lleva a dudar si lo que motiva la preocupación de los uruguayos por la delincuencia no es lo mismo que en otras partes: frustración de la nueva clase media.

Pezzini abrió el miércoles 2 en Montevideo el IX Foro de Reflexión Unión Europea-América Latina, donde se presentó el documento de la OCDE Perspectivas Económicas de América Latina 2019: desarrollo en transición. En ese marco, mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.

—América Latina y el Caribe mejoraron su nivel de ingreso por habitante, aunque la brecha respecto a las economías más desarrolladas se mantiene. Y, al mismo tiempo, sigue “entrampada” desde cuatro perspectivas —productividad, vulnerabilidad social, institucional y medioambiental—, según el documento presentado. ¿Cómo resume el problema?

—La región aprovechó una tendencia global que los datos muestran muy claramente.

En los noventa, 13, un número interesante de países, crecieron al doble que la tasa promedio de los países de la OCDE —que se presume como las economías más avanzadas— y allí estaban los sospechosos usuales, como Chile y Malasia. Para 2000-2010, los que lo hicieron el doble mejor que los de la OCDE fueron 83. Hubo un tsunami de crecimiento económico impresionante. ¡Mis colegas de la organización no creían ese dato!

Ese tsunami fue muy útil para el mundo en general: se redujo la pobreza extrema, aumentó el número de trabajadores en el mercado laboral, desplazó la reserva monetaria internacional, entre otros fenómenos. Se creó una ventana de los antes llamados países del tercer mundo —o, como se dice ahora, en desarrollo—; algunos lo aprovecharon claramente, sobre todo Asia del Sureste. África también se está aprovechando de esto y su presencia en el comercio mundial aumenta. Pero América Latina no se mueve; tal vez ha habido avance, quizás solamente nominales, que provinieron del aumento de la demanda de afuera o la suba de precios de las materias primas. El componente interno de evolución, comparado con las otras regiones, fue débil.

—¿Cómo se sale de esas “trampas” de la transición al desarrollo? ¿Cómo sale en particular Uruguay?

—Uruguay es, en este marco, uno de los países a los que le ha ido mejor. Ha tenido tasas de crecimiento muy elevadas y ha puesto en marcha también políticas públicas que permitieron reducir la desigualdad, distribuir un poco mejor el desarrollo territorial y cambió la situación de género. Es decir, el crecimiento económico en Uruguay ha sido importante, y al mismo tiempo eso se tradujo en mejoras en el bienestar.

—Dice que no solo hubo crecimiento económico y que incidieron las políticas públicas. ¿Por qué pone ese énfasis?

—Para que el desarrollo se traduzca en un aumento de bienestar es indispensable tener algún bien público. Me explico: puede haber una ciudad que incrementa su población y los economistas dicen que hay una economía de aglomeración que eleva la productividad. Pero no es verdad: hay economía de aglomeración solo si permiten disfrutar las ventajas de la ciudad. Si hay gente que tiene que viajar tres horas para llegar a su trabajo a la mañana, eso no aumenta la productividad sino que la reduce. La diferencia es el buen transporte público, las calles, etcétera. Y para tener eso hay que soportar un dolor: los impuestos. Hoy la primera fuente de financiamiento del desarrollo, en todo el mundo, son los impuestos.

En promedio, los países de la OCDE recaudan 34,5% del PIB. En América Latina hay algunos países que están en ese rango, como Uruguay, Argentina y Brasil —aunque hoy allí hay otro tipo de visiones— y el resto está muy abajo. Entonces, no es una sorpresa que la calidad de los servicios en Guatemala sea muy diferente que en Uruguay.

Ahora comparemos con África: la recaudación promedio es 18%, pero Túnez tiene 31% y Marruecos 26% del Producto. ¿Sabe cuánto tiene Chile? 24%

—Está bien, pero aquí entra en juego lo que en el documento llaman la “trampa institucional”. ¿La gente está dispuesta a pagar más tributos dada la calidad de los servicios públicos que reciben, las ineficiencias y otros problemas que llevan al descrédito de los gobernantes?

—Usted toca uno de los problemas más grandes que está conectado en las discusiones actuales, en mi país, por ejemplo, en torno al populismo.

El fenómeno es muy complejo, pero en términos brutalmente económicos podría describirlo de la siguiente manera: hubo un aumento importante de las clases medias, pero una clase media rara, que no es la estadounidense de los años setenta u ochenta. Ahora esta clase media tiene una forma de frustración, porque está mejor pero es vulnerable. Y, al mismo tiempo, sus expectativas son más altas y dicen: “Yo estoy un poco mejor, y el Estado debe responder”. Los servicios públicos han mejorado pero menos que las expectativas, lo que provoca una demanda insatisfecha, frustrada. Los que pueden envían a los niños al colegio privado. Y si no, piensan más y más que no pagar impuestos es legítimo, con lo que hay mayor evasión. Esto conduce a un círculo vicioso del cual no se ve la salida.

—Entonces, ¿cómo se rompe ese círculo?

—Se precisa una fuerte intervención pública. Ahí está el tema: la fiscal moral. ¿Cómo es posible pedir más dinero si la gente tiene la percepción —no digo la realidad— de que los servicios públicos no son de calidad, que el sector público no funciona bien, que hay corrupción y todo lo demás? ¿Cómo hacerlo? Hay que trabajar mucho en la reforma del sector público, de la administración; algún sector de servicios como la salud y las pensiones son fundamentales. Si los gobiernos miran simplemente sin intervenir en este campo, en 30 años todo el sistema previsional en muchos países estará en déficit, sin capacidad de intervenir.

Mario Pezzini
Foto: Nicolás Der Agopián

—¿Es posible que Uruguay sea miembro pleno de la OCDE?

—Analizaría el tema con otra perspectiva: ¿la OCDE va a ampliar o no su membresía en el futuro? Seguramente esa era una intención del actual secretario general, y en ese marco entraron muchos países. Sobre la mesa en este momento había como candidatos a la entrada al proceso de adhesión los casos de Perú, Argentina, Brasil, Rumania, Bulgaria y Croacia. Pero no hay acuerdo, y quien se opone principalmente a la ampliación es Estados Unidos. Entonces, el problema no es tanto la voluntad de Uruguay de entrar sino el deseo de los países de la OCDE de ampliar la membresía.

Más allá de esto, en la OCDE no hay dudas de que Uruguay es de los países más avanzados, en términos de resultados logrados en el tiempo. Y la percepción que tienen del país muchos de los miembros del Centro de Desarrollo es que es de los más interesantes e inspirador, por su política social y de derechos, por su capacidad de recuperarse después de los años noventa y tener un crecimiento económico significativo. No uso la palabra líder porque no me gusta, pero sí interesante.

—Más allá de esa visión, ¿qué temas cree que debería encarar Uruguay en el próximo período de gobierno?

—Primero, sería un error perder esos avances y retroceder. Porque es fundamental el proceso inclusivo que ha intentado en parte Uruguay.

Por otro lado, el país necesita ese salto de calidad que es permanente —es como ir pedaleando en bicicleta— e implica cada vez más entrar en el dominio de la innovación y la transformación de los sectores tradicionales. Sobre este punto, la cuestión de la trazabilidad ganadera es algo muy analizado. Pero la innovación económica solo puede ser el resultado de una acción inclusiva: no es el resultado de un genio sino de un tejido. Se necesitan políticas de inserción.

Tercero —pero en este caso mi fuente de información es muy débil: el taxi que me trajo del aeropuerto con el debate puesto en la radio—, veo mucho énfasis en el tema de seguridad. Esto existe en todos los países. No sé cuánto del debate es sobre la inseguridad —que seguramente existe, pero es un problema mundial, como el tráfico internacional de drogas— y cuánto una manifestación de la frustración social de la que hablamos.

Recuadro de la entrevista

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