Taika Waititi y Roman Griffin Davis

Jojo Rabbit, de Taika Waititi

El Führer, un amigo

4min 1
Nº2054 - al de Enero de 2020
Juan Andrés Ferreira

Estuvo entre las nominadas al Globo de Oro como mejor comedia o musical (perdió con Había una vez en... Hollywood, de Quentin Tarantino), y su director, el neocelandés Taika Waititi, está en la lista de candidatos a llevarse el Bafta, los Oscar del cine británico, al mejor guion adaptado.

Jojo Rabbit, que se estrena hoy jueves 9, se basa parcial y libremente en la novela El cielo enjaulado, de Christine Leunens, y es una jugada arriesgada de Waititi, realizador, escritor, actor, comediante y también codirector y coprotagonista de Casa vampiro (What We Do in the Shadows), un maravilloso falso documental sobre vampiros en Nueva Zelanda. El riesgo que asume el cineasta es partir de la novela de Leunens, que es un drama, y convertirla en una sátira. Waititi reduce, elimina y agrega personajes en función de ese objetivo: explorar el absurdo del fascismo, el racismo, el fanatismo y el adoctrinamiento.

Una de las modificaciones al material original es el amigo imaginario del protagonista, el mismísimo Adolf Hitler (interpretado por Waititi). Se trata, claro, de un Hitler extravagante e infantil, un monigote confeccionado en la mente de un adoctrinado niño de 10 años, Johannes Jojo Betzler (Roman Griffin Davis), a quien empiezan a apodarlo Jojo Rabbit por no querer estrangular a un conejo durante un campamento de las Juventudes Hitlerianas. En ese mismo campamento (donde aprenden técnicas de camuflaje, realizan ejercicios con bayoneta y queman libros) Jojo resulta herido, lo que lo aleja por completo de la posibilidad de concretar su sueño de convertirse en un soldado del régimen. De todos modos, hay mucho que hacer por el Reich (que se está derrumbando, y se nota, aunque no quieran reconocerlo), así que tras su paso por el hospital, el pequeño aspirante a nazi es asignado a tareas con otro nivel de exigencia como repartir folletos de propaganda o recolectar metales para forjar armas.

El mundo de Jojo se sacude cuando descubre a Elsa (Thomasin McKenzie), una adolescente judía a la que su madre, Rosie (Scarlett Johansson), da refugio detrás de una falsa pared del que fue el cuarto de su hermana Inge, ya fallecida. Para Jojo es un descubrimiento monstruoso, lo aterra. Aunque no será el único en toda la película. Los años de adoctrinamiento formatearon esa cabecita rubia: los judíos tienen cuernos, lengua de serpiente y escamas, ¿por qué esta chica no tiene nada de eso? Decidido a comprender más a su enemigo natural, el niño interroga a Elsa, incluso comienza a escribir un libro sobre su adversario. “Quiero que hagas un dibujo de dónde viven los judíos”, le dice. “Dónde comen, duermen y dónde la Reina Judía pone sus huevos”. Y ella le sigue un poco el juego para mostrarle que, en realidad, todo está en su cabeza.

A pesar de los altibajos, de que los mejores chistes están ya en el trailer, la película tiene virtudes. Y aún así, algunas pueden resultar incómodas. El comienzo, por ejemplo. Se ve a Jojo frente al espejo, el día que se une a las filas de las Juventudes Hitlerianas y se prepara para un fin de semana de entrenamiento que sabe será intenso. Espoleado por su histriónico Adolf imaginario, sale a la calle saludando a todo el mundo con un entusiasta “¡Heil, Hitler!”. El recorrido del niño se ensambla con imágenes reales de apariciones públicas de Hitler y las reacciones de los jóvenes que asistían a su encuentro. Sobre esta secuencia corren los títulos de apertura del filme. Y suena una versión de I Want to Hold Your Hand en alemán. Es incómodamente chistoso y tiene sentido: en aquellos años, para muchos, Hitler era un ídolo pop, algo que es subrayado en la decoración del dormitorio de Jojo, que luce pósters alusivos al Führer. Waititi es bueno con las escenas de humor negro delirante (el Hitler imaginario comiendo un unicornio mientras el pueblo alemán es bombardeado y pasa hambre), elige bien a sus músicos (punto para la banda sonora) y es muy bueno dirigiendo a los niños, que se lucen (en especial Griffin Davis). Hay secundarios que rinden, como el oficial nazi que interpreta Sam Rockwell, o Yorki (Archie Yates, protagonista de la nueva versión de Mi pobre angelito), el mejor amigo del pequeño antihéroe, un personaje planeado para ser adorable como un peluche.

Con sus toques excéntricos y con algunos chistes básicos (el de los ovejeros alemanes es muy plano) Jojo Rabbit sigue las reglas del relato de iniciación, es un cuento sobre lo que significa crecer, por lo que se verá al protagonista recorrer un camino con obstáculos y pruebas, algunas quizás dolorosas, hasta ver el mundo con otros ojos. No es una tarea sencilla empatizar con un pequeño nazi, de ahí que de primera Waititi recurra al humor y el absurdo. Aunque no siempre efectivo, el humor es una constante en el filme. Y conforme Jojo y Elsa van conociéndose, trenzándose en una platónica relación de amor-odio, y conforme esta amistad improbable va creciendo, la comedia guaranga en la que los nazis son más imbéciles que otra cosa cede terreno y la película alcanza un tono más serio y realista. Un hecho profundamente trágico se encargará de llevar al filme hacia el drama puro y duro, con algún momento previsible, cantado, y algunos tensos y humorísticos y políticamente correctos a la vez. La mezcla, que parece bien calculada, acaba siendo un poco extraña. Como la propia experiencia de crecer.

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