Echale la culpa a Finlandia

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Nº2054 - al de Enero de 2020
por Fernando Santullo

Tarde de seis de enero nublada y cálida. Los ruidos de la ciudad casi vacía entran, esporádicos, por la ventana. Leo en Twitter sobre la formación del gobierno en España (sigo a unos cuantos españoles en esa red) y me parece que todo lo que se podía decir al respecto ya fue dicho. También en Twitter leo augurios sobre una tercera guerra mundial, escritos de una manera tan entusiasta que me queda la duda de si hay temor o alegría en esos augurios. Y en medio de esa maraña me encuentro con este titular: Primera ministra de Finlandia propone una semana laboral de cuatro días y de seis horas de trabajo al día.

Se podrá estar a favor o en contra de la medida, será verdad o no lo que dice el titular, pero difícilmente se podrá pensar que es resultado del vínculo que Finlandia tiene con Uruguay. Por eso me sorprendo cuando leo, ahora en Facebook, que seríamos los uruguayos quienes estaríamos pagando esos privilegios a los finlandeses, al permitir la instalación de una empresa contaminante en nuestro suelo. Leo también que alguien afirma que estas medidas las toman los países desarrollados y ricos, forzando a los países menos desarrollados a ser simples productores de materia prima, sin posibilidad de agregarle valor a lo producido. Esto último, y en el caso particular de Finlandia, me suena directamente absurdo.

Y es que Finlandia de ninguna manera fue, durante la mayor parte de su existencia independiente, ni un país desarrollado ni uno con posibilidades de imponer regla alguna a ninguno de sus socios comerciales. Es un país chico (menos de ocho millones de habitantes) que hasta hace dos generaciones era invadido por suecos y rusos de manera alternativa. Finlandia exportaba mano de obra barata hasta bien avanzado el siglo XX, no tiene un mercado interno grande, no tiene casi tierras cultivables y no tiene ni ha mostrado tener jamás la menor ambición expansionista. Lo que sí tiene es la capacidad de agregarle valor a algunas de las (pocas) cosas que produce gracias a una alta calificación de una parte importante de sus recursos humanos. Tiene también un sistema educativo universal y unas aceitadas relaciones entre academia, empresas, Estado y sociedad.

Lo que parece asumir la postura que critica (no sin razón) el proteccionismo de la Unión Europea es que Finlandia tuvo alguna clase de incidencia fundacional en él y que de ahí obtuvo sus actuales ventajas. La realidad dice que es más bien al revés: Finlandia es un socio tardío y menor en un club que, ese sí, puede negociar en patota mejores condiciones para su comercio. Es resultado virtuoso y casi no intencional del desarrollo de un bloque regional político y económico poderoso, en un continente que había sido arrasado por la guerra más destructiva de la que hay registro. La propia UE es resultado de ese aprendizaje, el más doloroso que atravesó Occidente hasta la fecha. Finlandia es apenas un beneficiario menor de ese activo, uno que entendió que su camino era junto a otros o difícilmente sería. Pero, incluso hoy, con sus estupendos indicadores sociales, Finlandia depende del exterior para un montón de insumos básicos. Y hasta hace no tanto (mediados de los 70), dependía ampliamente de la inversión de capital extranjero.

¿Qué te impide como país desarrollar una tecnología que te permita avanzar lo que avanzó Finlandia, en el caso de que ese sea tu plan? ¿En qué momento Finlandia dejó de depender de la inversión extranjera y empezó a ser inversor en otros países? Esas son preguntas que muchos se han hecho y que, creo yo, son útiles para intentar pensarse como país. Quien se las hizo hace ya algún tiempo y se tomó muchas molestias intentando contestarlas fue el exrector de la Udelar, Rafael Guarga, quien venía insistiendo con Finlandia mucho antes de que se hablara de su sistema educativo o de su supuesto “neocolonialismo celulósico”.

Tan temprano como en 1999, Guarga se preguntaba lo siguiente: ¿cómo es que si, a comienzos del siglo XX, Uruguay tenía un montón de condiciones óptimas para desarrollarse como país capitalista (mejores tierras, mejor geografía, alto grado de urbanización, educación básica universal), fue Finlandia quien terminó siendo un ejemplo de país capitalista desarrollado a pesar de que, en aquel mismo momento inicial, tenía apenas tierra cultivable, bajas tasas de educación y era un país sometido a toda clase de vaivenes geopolíticos? La pregunta que se hacía Guarga no apuntaba tanto a tasar cuánto de eso se debía al factor externo (que obviamente existe) sino cuánto podía deberse a decisiones concretas de políticas económicas internas, tomadas a lo largo de décadas. Y cómo esas decisiones habían terminando impactando en el sistema educativo público de cada uno de los dos países.

En una charla que el exrector dio en 2013 recordaba que, aunque los finlandeses eran quienes hacían los peores trabajos en la Suecia de los 70 y 80, para comienzos del 2000 su país se había transformado. Para medir la dimensión de esa transformación, Guarga traía a la mesa varios indicadores, entre ellos el papel de la educación pública y la interacción entre empresas y Universidades. El exrector ponía además especial énfasis en el número de estudiantes de ingeniería por millón de habitantes: en Finlandia son 15.000. En Estados Unidos son 3.800; en Francia, 3.700 y en Uruguay, 1.000.

Finalmente, Guarga traía el numero de patentes otorgadas a residentes de un país dado, por año. La patente es el conjunto de derechos exclusivos concedidos por el Estado al inventor de un nuevo producto o tecnología, susceptibles de ser explotados comercialmente por un período limitado de tiempo, a cambio de la divulgación de la invención. Mientras en Uruguay esa cifra es de dos patentes por año por cada millón de habitantes, en Finlandia trepa a 222. En Estados Unidos son 281 y en Francia, 156. “En el núcleo de esta interacción, entre economía, Estado y sociedad, se encuentra precisamente el tema de este encuentro: el sistema de innovación finlandés y la calidad del trabajo producto de la educación pública. Ello potencia la productividad y competitividad de las empresas en el plano nacional e internacional”, decía Guarga entonces y recordaba cómo en pocos años, la exportación de alta tecnología pasó de ser un 5% del total de exportaciones de Finlandia al 25%.

En resumen, que Finlandia está muy lejos de ser el enemigo exterior que buscan quienes necesitan uno. Si algo se puede decir del país nórdico es que ha sabido ser “parte de” y usar de manera inteligente los recursos internos y externos que tuvo y tiene a su alcance. Nosotros, a pesar de todos nuestros progresos recientes (que son valiosos y no son pocos) a veces parecemos tan solo un país pequeño que no supo o no pudo encontrar socios que lo ayudaran a negociar en forma conjunta cosas tan básicas como medicamentos caros o unas reglas de comercio ligeramente más justas. Por supuesto, esto no es solo responsabilidad uruguaya: la irrefrenable vaporización del Mercosur sirve también para medir la distancia que hay entre unas y otras élites, las europeas, las regionales y las de aquí mismo.

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