Decir la verdad puede ser tan costoso como digno

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Nº2036 - al de Septiembre de 2019
por Gabriel Pereyra

Algunas encuestas, como la del Latinobarómetro, muestran una caída en la popularidad de los políticos y de los partidos, con la complejidad y riesgo que ello representa para la democracia liberal.

Podría hipotetizar sobre las razones profundas de este descrédito —hay quienes dicen que la gente le pide a la democracia lo que debería pedirle al mercado y de ahí su decepción—, hay una causa que me parece evidente y es que mucha gente piensa que los políticos mienten.

Hace poco dije en un programa televisivo al que me invitaron que, particularmente en campaña electoral, los políticos mienten. Algunos se enojaron. Puede parecer una actitud tribunera y facilonga decir algo que, es un hecho, sintoniza con lo que opina mucha gente acerca de políticos y mentiras. Pero el asunto es que efectivamente lo creo.

Incluso, no necesito decirlo yo: los propios políticos, en los debates de campaña, se acusan unos a otros de falsear la realidad. Serruchan la rama en la que están parados, pero no les importa porque en campaña electoral solo es relevante una cosa: juntar votos y ganar. Y si eso se logra sobre el cadáver de la credibilidad de los partidos, parece no importar.

Pero la intención de esta columna no es analizar los grados de honestidad de los políticos, sino enfatizar en una de las cualidades que debe tener un líder político para considerarse tal: ser portador de malas noticias, aunque ello le cueste votos y abucheos. Los estadistas no se regodean con el aplauso ni se amilanan con la crítica.

Un tema que se presta para delinear este asunto es el debate que se está dando sobre la economía. Con mayor o menor énfasis, la oposición advierte sobre el estado de la economía que heredará si gana las elecciones.

“Las finanzas públicas no son sostenibles”, dice uno; “hoy tenemos un agujero fiscal que no sabemos cómo cubrir, nos estamos endeudando peligrosamente y sabemos cómo terminan esas películas”, advierte otro.

Sin embargo, luego de tan malas noticias, cuando llega la hora de proponer salidas a esta situación, las noticias no son tan malas: “No habrá nuevos impuestos”.

Sin quererlo, le dan un argumento al oficialismo: la situación económica parece que es mala, pero no tanto, porque no serían necesarios más impuestos. Dicho sea de paso, la mayoría de los últimos gobiernos, al momento de asumir, se vieron obligados a hacer ajustes fiscales. Salvo Jorge Batlle (2000-2005), todos los presidentes aumentaron el gasto en el año electoral.

No sé en qué columna ubicar este dato, si en el de las mentiras o en el de la vergüenza: el año previo a irse, comprometieron las finanzas públicas haciendo proselitismo con el dinero de todos.

Entonces, un infierno a la hora de pintar el estado de la economía, pero el purgatorio a la hora de hablar de las soluciones.

Resulta que gastamos en los años más venturosos económicamente hablando (tanto gastamos que produjimos un agujero deficitario), pero nadie pagará el pato. Los políticos nos salvarán de ello. Si quisieran pasar de políticos a estadistas deberían estar dispuestos a ser los malos de la película. Gobernantes que digan lo que tienen que decir aunque no sean simpáticos. ¿Cuántos anuncios negativos han escuchado en la campaña? ¿Aumentar la edad de jubilación?, que lo proponga otro. ¿Cuántos señalamientos han oído que no estén dirigidos a los adversarios, sino a los ciudadanos, que tienen su cuota parte de responsabilidad por haber votado a un partido que dejó un déficit de casi cinco puntos del Producto Bruto Interno (PBI)?

Los votantes no somos santos. Los gobernantes son responsables por haber generado las condiciones de la crisis, y los votantes por haber puesto en el gobierno a políticos que nos llevaron a esa crisis. ¿Por qué no cuestionan a la ciudadanía como lo hacen con sus rivales o con los periodistas que les son críticos? Claro, el pueblo no se equivoca.

Los políticos, particularmente en campaña, no solo mienten, les falta una dosis importante de coraje. Ser honestos en ocasiones implica asumir la realidad con valentía. Pero, en fin, eso se tiene o no se tiene. Y como los votantes se equivocan, al igual que se equivocan los políticos, que uno de los postulantes gane la elección no necesariamente significa que sea honesto y valeroso. Solo obtuvo más votos, generalmente diciéndole a los votantes no necesariamente la verdad, sino lo que estos querían escuchar.

✔️ El fin de la pasión progresista

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